Henry Adams

HENRY ADAMS 

Con el texto que aquí incluimos de Henry Adams, sobre Los Estados Unidos en 1800, rompemos el orden cronológico seguido hasta ahora en esta antolo­gía. En efecto, Henry Adams nació en Boston, en el año 1838, doce años des­pués de la muerte dejefferson. La excepción que hacemos con él se debe a que su texto se refiere precisamente a la época de la presidencia dejeffer­son, y sirve para situar en su contexto histórico no sólo a éste, sino también a Franklin y a Paine, explicando además, en gran medida, el desarrollo so­cial y económico posterior.

Henry Adams nació en el seno de una familia de importantes políticos e in­telectuales. Su bisabuelo y su abuelo paternos fueron presidentes de Estados Unidos. El mismo Henry Adams, en calidad de secretario privado de su padre cuando éste era embajador, pudo enterarse de primera mano de algunos as­pectos prácticos de la política y hubiera podido ocupar puestos políticos pres­tigiosos con sólo haberse declarado dispuesto; pero sus intereses eran otros.

Esos intereses son, como suele suceder, difíciles de precisar. Su obra pue­de clasificarse, fundamentalmente, como historia; sin embargo, aunque es un historiador profesional científico y respetablemente objetivo, no se limi­ta en absoluto a la relación escueta de los hechos, sino que busca las razones subyacentes, los lincamientos unificadores y ofrece interpretaciones que lle­van la impronta de sus gustos artísticos, sus inquietudes científicas y sus con­vicciones filosóficas, y que están, además, expresadas en un lenguaje más afín al del poeta que al del historiador.

De las obras escritas por Henry Adams se destacan tres que son fundamen­tales: la monumental Historia de Estados Unidos durante tas administraciones de Jefferson y Madison, en nueve tomos, publicada en 1889, de la cual se toman los textos aquí incluidos; La educación de Henry Adams, obra histórico-autobio-gráfica en que se considera la evolución histórica de una civilización como proceso que tiene por objeto la producción de un hombre individual; y, fi­nalmente, Mont Saint-Michel y Chartres, obra en la que, remitiéndose a los si­glos xil y xiii de la Europa medieval, iba en busca de un mundo en que ope­rase una concepción unitaria del universo, que se expresara en todas las instituciones y manifestaciones artísticas de la sociedad.

La confianza que daba lo unitario y la unanimidad de la concepción me-


dieval del mundo (en parte descrita, en parte imaginada por Henry Adams) se contrapone a la incertidumbre creada por la pluralidad de visiones que ca­racteriza al siglo xx. La educación de Henry Adams se presenta como una búsqueda incansable e infructuosa de una verdad unificadora que elude per­petuamente al hombre simbólico que es el personaje principal de la obra al mismo tiempo que el autor de la misma.

El texto del cual se toman los capítulos que aquí incluimos es mucho me­nos innovador y personal, siendo un esfuerzo concienzudo por retratar, en todos sus aspectos, la sociedad norteamericana en una de sus etapas forma-tivas. Sin embargo, el capítulo llamado "Los ideales norteamericanos" es, in­dudablemente, una visión muy personal del carácter nacional, y una defen­sa a la vez apasionada y lúcida del mismo.

Además de la obra escrita de Henry Adams quedó también su obra como educador. Invitado a dictar, en Harvard, la cátedra de historia medieval, aca­bó por aceptarla, a pesar de confesar su ignorancia del tema, inaugurando uno de los cursos más célebres de que se tenga memoria en esa institución. El sistema que siguió fue el de inducir a sus alumnos a investigar junto con él y aprender al mismo tiempo que el maestro... sistema bastante frecuente en México y que, en buenas manos, suele dar resultados espléndidos. Como decía el doctor Federico Uribe, uno de los hombres más sabios que he cono­cido: "Lo que importa no es la información acumulada, sino saber qué libros consultar y cómo obtenerlos." Yo añadiría que también hay que saber identi­ficarlos entre los millares de volúmenes impresos, en ediciones agotadas, en­tre los millares de datos o informes que en ellos se ofrecen, entre la multipli­cidad de ideas expuestas, los que resultan útiles y significativos y que pueden contribuir a integrar soluciones pertinentes.

Henry Adams contribuyó, en forma importante, a la conciencia de sí mis­mo del norteamericano, y mucho antes de su muerte, acaecida en la ciudad de Washington en 1918, era considerado como un clásico. Para quien sabe apre­ciar los valores literarios su estilo resulta de una belleza sutil y desconcertante, de una gran precisión en todo momento, y de una complejidad poco común. 

condiciones físicas y económicas 

 

Según el censo de 1800, en los Estados Unidos de América había 5 308 483 seres humanos. En ese mismo año en las Islas Británicas ha­bía más de 15 millones, en la República Francesa, más de 27 millones. Casi la quinta parte de la población americana la componían esclavos negros; la verdadera población política estaba formada por 4 500 000 blancos libres, o sea menos de un millón de varones en condiciones de trabajar o portar armas, sobre cuyos hombros pesaba la carga de un continente. Aunque habían pasado dos siglos de esfuerzos, la tie­rra seguía sin ser domada; el bosque la cubría por todas partes salvo alguna franja ocasional de tierra cultivada; los minerales yacían tran­quilos en sus lechos de roca, y más de dos terceras partes de la pobla­ción se aferraban a la región costera, a cincuenta millas del mar, úni­ca zona donde podían satisfacerse las necesidades de una vida civilizada. El centro demográfico quedaba a menos de dieciocho mi­llas de Baltimore, al nordeste de Washington. Excepto su organización política, el interior estaba un poco más civilizado que en 1750, y no era mucho más fácil penetrar en él que cuando La Salle y Hennepin encontraron la forma de abrirse paso hasta el Mississippi, más de cien años antes.

Una gran excepción rompía esta regla. Había dos caminos, aptos para el paso de carretas, que cruzaban las montañas Allegany en Pennsylvania, conduciendo uno de ellos desde Filadelfia hasta Pitts-burgh; y el otro desde el río Potomac hasta el Monongahela; mientras que un tercero atravesaba el estado de Virginia rumbo al sudoeste has­ta llegar al río Holston y a la ciudad de Knoxville, en Tennessee, con un ramal que atravesaba el paso de Cumberland y se internaba en el estado de Kentucky. Por estas carreteras y por otros caminos menos transitables, que salían de las Carolinas del Norte y del Sur, o bien por rutas fluviales que partían de los lagos, habían invadido las tierras que quedaban más allá de las montañas Allegany entre cuatrocientas y quinientas mil personas. En Pittsburgh y a orillas del Monongahela existía una sociedad, ya vieja, que comprendía unas setenta u ochenta mil personas, mientras que sobre el río Ohio los asentamientos habían crecido hasta adquirir una importancia que amenzaba a los estados más antiguos con un difícil dilema. Ciento ochenta mil blancos, con cuarenta mil esclavos negros, hacían de Kentucky la mayor comuni­dad al oeste de la sierra y había unos ochenta mil blancos con catorce mil esclavos diseminados por el estado de Tennessee. Al norte del Ohio se había progresado menos. Había en Marietta una colonia de Nueva Inglaterra; en Cincinnati unas quince mil personas; a medio ca­mino de ambos había brotado en Chillicothe un pueblo, y en otras partes podían encontrarse villorrios o cabanas dispersas; pero en to­do el territorio de Ohio no había más de cuarenta y cinco mil habitan­tes. Toda la población, entre libres y esclavos, no alcanzaba todavía la cifra de medio millón hacia el oeste de las montañas Allegany; sin embargo estaba ya a medias dispuesta a ser considerada, y los trece es­tados más antiguos no estaban del todo renuentes a considerarla, co­mo el germen de un imperio independiente, que debía encontrar su salida, no a través de la sierra hacia la costa oriental, sino bajando por el río Mississippi hasta el Golfo.

En ningún punto se tocaban los asentamientos orientales y los oc­cidentales. Cuando menos cien millas de terreno montañoso mante­nían siempre separadas las dos regiones. La ribera del lago Erie, úni­co lugar donde parecía fácil el contacto, no se había colonizado aún. A los indios se los había obligado a retirarse hasta el río Cuyahoga, y había unas cuantas cabanas construidas en el sitio que había de ocu­par Cleveland; pero en 1800, como en 1700, esta región intermedia era tan sólo una puerta por donde pasaban emigrantes y mercancías provenientes del lago Erie a los valles de Muskingum y Ohio. Incluso la parte occidental del estado de Nueva York seguía en estado salva­je: la ciudad de Buffalo no se había trazado; los títulos de propiedad de los indios no habían perdido vigencia; Rochester no existía; y el condado de Onondaga tenía una población de menos de ocho mil almas. En 1799 Utica tenía cincuenta casas, la mayoría pequeñas e im­provisadas. Albany era todavía una ciudad holandesa, de unos cinco mil habitantes; y la marea de inmigración fluía lentamente a través de ella hacia el valle del Mohawk, mientras que otra corriente migra­toria proveniente de Pennsylvania, que seguía el paso del Susquehan-na, se esparcía por la tierra de Gennessee.

La población de los trece estados originales, situados a lo largo de la costa del Atlántico, envió de la manera así descrita hacia el oeste una cuña humana de casi medio millón de personas que penetró por los ríos Tennessee, Cumberland y Ohio, hasta el límite occidental de la Unión. Los indios se resistieron ásperamente a esta invasión, co­brando vida por vida, y rindiéndose sólo a medida que perecían sus guerreros. Al finalizar el siglo, la cuña de asentamientos blancos, que tenía su ápice en Nashville y sus flancos cubiertos por los ríos Ohio y Tennessee, ya casi había dividido al territorio indio en dos mitades. En la mitad septentrional -que consistía en las tierras que más tarde constituirían los estados de Wisconsin, Michigan, Illinois e Indiana, y la tercera parte del de Ohio- había wyandottes y shawanes, miamis, quikapús y otras tribus, capaces de movilizar unos cinco mil hombres para la guerra o para la caza. En la mitad sur, vivían y cazaban pode­rosas confederaciones de criiks, cheroquíes, chicases y choctós en las tierras por donde habían de extenderse los estados de Mississippi, Alabama y las partes occidentales de Georgia, Tennessee y Kentucky; y tan débil era el estado de Georgia, que reclamaba para sí el territo­rio del sudoeste, que un movimiento bien concertado de indios ha­bría podido sin gran dificultad barrer a su población blanca de cien mil personas hacia el océano o arrojarla del otro lado del río Savan-nah. El poder indio había sido roto en dos mitades, pero cada mitad seguía siendo terrible para los colonos situados a orillas de su vasto dominio, y era utilizado como arma política por los gobiernos cuyo territorio colindaba con el de la Unión por el norte y por el sur. Los gobernadores generales de Canadá intrigaban con los indios del no­roeste para tener a raya cualquier agresión proveniente de Washing­ton; mientras que los gobernantes españoles de Florida occidental y de Louisiana mantenían relaciones igualmente estrechas con las con­federaciones indias del territorio de Georgia.

Con la excepción de que medio millón de personas había cruza­do la sierra de los Allegany y estaba luchando con dificultades pro­pias, en un aislamiento parecido al de losjute o anglos de las islas bri­tánicas en el siglo v de la era cristiana, América, en lo que a sus problemas físicos concierne, había cambiado poco en cincuenta años. Los viejos hitos quedaban casi en el mismo lugar donde estaban an­tes. Los mismos caminos malos y ríos turbulentos que conectaban a las mismas poblaciones pequeñas se internaban en los mismos bosques en 1800 que cuando los ejércitos de Braddoc y Amherst penetraron en las tierras vírgenes del oeste y del norte, sólo que unas cuantas mi­llas más lejos de la costa. La naturaleza era más bien señora que es­clava del hombre, y los cinco millones de americanos que bregaban contra el continente indomado no parecían más competentes que los castores y búfalos que durante incontables generaciones habían he­cho sus propios puentes y carreteras. 

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Un cálculo probable del valor monetario de todo Estados Unidos en 1800 sería de 1 800 000 de dólares, o sea, 328 dólares por cada ser humano, contados los esclavos; o sea 418 dólares por cada blanco li­bre. Esta propiedad estaba distribuida en forma aproximadamente equitativa, con excepción de algunos de los estados del sur. En Nue­va York y Filadelfia una fortuna particular de cien mil dólares se con­sideraba muy buena y trescientos mil dólares una gran riqueza. Las desigualdades eran frecuentes pero eran principalmente las atribui-bles a una aristocracia terrateniente. La igualdad era tan predomi­nante que se podía suponer que cada familia blanca de cinco perso­nas poseía tierra, ganado o herramientas, casa y muebles con valor de unos dos mil dólares; y como la única industria de consideración era la agricultura, era fácil calcular su nivel de vida -los impuestos eran poco o nada y los salarios en promedio como de un dólar dia­rio.

No sólo eran éstos muy exiguos recursos sino, además, de una es­pecie no fácilmente convertible a la aplicación práctica inmediata que requería un desarrollo rápido. Entre las numerosas dificultades con las que había de luchar la Unión, y que habían de constituir el inte­rés de la historia americana, la desproporción entre los obstáculos fí­sicos y los medios materiales de que se disponía para vencerlos era una de las más notables. 

características populares de estados unidos en 1800 (capítulo iii) 

El desarrollo del carácter social y nacional, la conformación de las mentes, cuestiones más interesantes que ningún crecimiento territo­rial o industrial, desafían todo censo o medición. De ningún pueblo se podía esperar, y menos aún en su infancia, que comprendiera los vericuetos de su propio carácter, y pocas veces ha sido dotado un ex­tranjero de la profundidad de intuición suficiente para explicar lo que los nativos mismos no comprenden. Es sólo con gran timidez e inseguridad que los americanos con mejor información se atrevían, en 1800, a generalizar sobre el tema de sus propios hábitos de vida y pensamiento. De todos los viajeros americanos el presidente Dwight era el más experimentado, y sin embargo sus cuatro volúmenes de memorias de viajes son notables por no presentar otra característica más uniforme que la de su discreción con respecto a Estados Unidos. Claro y enfático cuando se trataba de alguna discusión respecto de Nueva Inglaterra, Dwight no pretendía conocimiento alguno de las demás regiones. En donde tan buen juez confesaba su ignorancia, otros observadores tendían a engañar involuntariamente al lector, y los franceses como Liancourt, los ingleses como Weld, o los alemanes como Bulow, eran autoridades casi igualmente inútiles para temas que ninguno comprendía. Los periódicos de la época eran poco más dig­nos de crédito que los libros de viajes, y no tan bien escritos. La lite­ratura calificable de buena se limitaba principalmente a Nueva Ingla­terra, Nueva York y Pennsylvania. De materiales tan pobres no podía esperarse ninguna precisión ni rigor de resultado. Unas cuantas cos­tumbres, más o menos locales, unos cuantos prejuicios, más o menos populares, y unas cuantas características del pensamiento que suge­rían hábitos mentales son todo el material del que se dispone para un estudio más importante que el de la política o la economía. 

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Por ocioso que pareciera a veces el americano y por numerosa que haya sido la clase de los vagos de taberna, el auténtico americano era activo e industrioso. Ningún inmigrante venía a América en busca de ocio o comodidad. Si un agricultor inglés compraba tierra cerca de Nueva York, Filadelfia o Baltimore, y sacaba el mayor provecho posi­ble de su pequeño capital, descubría que, aunque podía ganar más dinero que en Surrey o Devonshire, trabajaba más y sufría mayores incomodidades. El clima era penoso, la fiebre común, las cosechas corrían nuevos riesgos debido a los insectos extraños, las sequías y a un clima violento y extremoso; las yerbas eran pertinaces, las moscas y zancudos lo atormentaban a él y a su ganado; los trabajadores eran escasos y poco eficaces; las maneras lentas y magisteriales de Inglate­rra, donde todo se facilitaba, tenían que cambiarse por la acción rá­pida y enérgica; los ojos del dueño tenían que supervisar hasta el úl­timo detalle, su propia mano tenía que sostener el arado y la hoz. La vida era más exigente, y cada uno de estos hombres tenía que hacer, en América, y hacía de hecho, el trabajo de dos de sus pares en Eu­ropa. Pocos granjeros ingleses aceptaban de buen grado las maneras americanas o lograban adaptarse a las mudadas condiciones. Los ale­manes tenían más éxito y se enriquecían; pero los miembros de la cía­se más pobre y osada, que carecía de capital, y a la que le importa­ban un comino las comodidades de la civilización, emigraban al oes­te a encontrar una suerte más dura todavía. Cuando después de ago­tarse físicamente durante semanas, llegaban a la vecindad del Gennesee, o a las riberas de alguna corriente de agua en el sur de los actuales estados de Ohio o de Indiana, levantaban una cabana de ü-oncos, con piso de tierra, desmontaban un acre o dos y plantaban maíz entre los tocones; tenían suerte si, como el habitante de Ken-tucky, poseían un cerdo que soltar en el bosque. Entre abril y octu­bre, solía decir Albert Gallatin, el maíz indígena hacía del inmigran­te sin quinto un capitalista. Los colonos nuevos padecían muchos de los males que habrían afligido a un ejército que avanzara entre den­sos bosques y pantanos; con una dura pena adicional: que, fueran cua­les fueran las pruebas que tenían que sufrir los hombres, la carga más pesada era la de las mujeres y los niños. La posibilidad de caer bajo las balas o perder el cuero cabelludo a manos de los indios apenas va­lía la pena de tomarse en cuenta cuando se comparaba con la certi­dumbre de la fiebre malaria, o la extraña enfermedad llamada "mal de la leche", o la todavía más deprimente nostalgia o postración ner­viosa, que consumió a generación tras generación de mujeres y niños en las tierras limítrofes, dejando tras sí una tragedia en cada cabana de madera. No por amor a la comodidad se arrojaban los hombres a la tierra virgen. Pocos trabajadores del Viejo Mundo soportaban una suerte más dura, alimentación más ruda, o ansiedades y responsabi­lidades mayores que las del inmigrante de las tierras del oeste. Y no era sólo porque gozaba del lujo de la carne de cerdo salada, del whis­ky o del café tres veces al día que el trabajador americano se procla­maba superior al europeo.

Era común a las ciudades un nivel de vida mucho más alto que el promedio; pero la población urbana era tan pequeña que casi no me­recía tomarse en cuenta. Boston, Nueva York, Filadelfia y Baltimo-re, juntas, no tenían arriba de ciento ochenta mil habitantes; y éstas eran las únicas ciudades que tenían una población blanca de más de diez mil personas en una población total de más de cinco millones. Estos habitantes urbanos, como pensabanjustificadamente Jefferson y sus amigos, apenas eran americanos, porque se suponía que el ver­dadero americano era esencialmente rural. Su comparativo lujo que­daba compensado de sobra por la sórdida miseria de novecientos mil esclavos.

De tan escasas noticias de las costumbres nacionales no se podía concluir con confianza sino que el pueblo seguía siendo sencillo. El camino que pudiera tomar su desarrollo era uno de los muchos pro­blemas aún no resueltos que complicaban su futuro. Los pocos hábi­tos que a la larga pudieran resultar fijos, ofrecían pocas indicaciones con respecto a los hábitos que pudieran adoptarse en el proceso de crecimiento, y era inútil especular donde lo único que podía consi­derarse seguro era el cambio.

Si alguna predicción hubiera podido aventurarse, el observador ha­bría tenido derecho a sospechar que el carácter popular sería pro­bablemente conservador, porque hasta entonces era esta característica la más marcada, al menos en las sociedades más antiguas de Nueva In­glaterra, Pennsylvania y Virginia. Grandes como eran los obstáculos materiales en el camino de Estados Unidos, el mayor obstáculo de to­dos era la mente humana. Hasta el final del siglo xviii no había ocu­rrido en el mundo ningún cambio que diera motivo a los hombres prácticos para suponer que habían de producirse grandes cambios. Más tarde, con el paso del tiempo, y al desarrollar la ciencia la capaci­dad del hombre para controlar las fuerzas de la naturaleza, la anti­cuada tendencia conservadora desapareció de la sociedad, reapare­ciendo ocasionalmente, como las franjas en la piel de una muía, tan sólo para comprobar su anterior existencia; pero durante el siglo xvm el progreso de América, salvo en lo político, había sido menos rápido de lo que deseaban los reformadores, y la reacción que siguió a la Re­volución francesa lo hizo parecer más lento todavía de lo que en rea­lidad era. En 1723 Benjamín Franklin llegó a Filadelfia, y caminó con su pan bajo el brazo por Market Street hacia una inmortalidad tal que ningún americano hubiera hasta entonces imaginado. Murió en 1790, habiendo sido testigo de grandes revoluciones políticas; pero la revo­lución intelectual no había sido tan rápida como seguramente había esperado en su juventud. 

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Este hábito mental conservador era más perjudicial en América que en otras comunidades, porque los americanos necesitaban, más que las sociedades más antiguas, de esa actividad que era lo único que podía en parte compensar la relativa debilidad de sus recursos en comparación con la magnitud de su tarea. Algunos casos de lenti­tud, comunes a Europa y América, apenas resultan creíbles. Duran­te más de diez años las máquinas de vapor inventadas por Watt ha­bían estado funcionando en Inglaterra, usándose con éxito y común­mente, y causando en la industria una revolución que amenazaba con drenar al mundo en provecho de Inglaterra; y sin embargo Eu­ropa dejó que Inglaterra gozara tranquilamente durante una gene­ración del monopolio del vapor. Francia y Alemania eran rivales de Inglaterra en el comercio y las manufacturas, y requerían del vapor en defensa propia; en cambio Estados Unidos era aliado comercial de Inglaterra, y no necesitaban del vapor ni para minas ni para ma­nufacturas, pero su necesidad era de todas formas extrema. Todo americano sabía que si se pudiera aplicar con éxito el vapor a la na­vegación, produciría necesariamente un inmediato aumento en la riqueza, además de resolver en forma definitiva las dificultades ma­teriales y políticas más graves de la Unión. Si tanto el gobierno na­cional como los estatales hubieran dedicado millones de dólares a este objeto, y si los ciudadanos hubieran desperdiciado, de ser ne­cesario, hasta el último dólar que tenían en los bolsillos que tan len­tamente se llenaban, no hubieran hecho más de lo justificado por la ocasión, aunque hubieran fracasado; pero no era de temerse el fracaso, porque habían visto ya con sus propios ojos la prueba expe­rimental, y no discutían su éxito. Para América esta cuestión se ha­bía decidido desde 1789, cuando John Fitch -obrero mecánico sin educación ni riqueza, pero dotado de la energía del genio-, inven­tó una máquina con remos de paleta que funcionó tan bien que du­rante todo un verano los habitantes de Filadelfia vieron avanzar dia­riamente su ranchón contra la corriente del río. Nadie negaba que su barco se movía con rapidez, constancia y regularidad contra vien­to y marea, con tanta certidumbre y comodidad como podía espe­rarse de un primer experimento; y sin embargo la compañía de Fitch fracasó. No pudo reunir más dinero; el público se negaba a usar su barco o ayudarlo a construir otro mejor; no lo querían, se negaban a creer en él, y le rompieron el corazón con su desprecio. Fitch luchó contra el fracaso, e inventó otro barco movido por un tornillo y una hélice. Como el público de la costa seguía indiferen­te, se marchó vagando a la deriva hacia Kentucky, a probar fortuna en las aguas del oeste. Decepcionado allí, como antes en Filadelfia y Nueva York, hizo un esfuerzo deliberado por acabar con su vida por medio del alcohol; pero siendo demasiado lento el proceso, guardó doce pastillas de opio de la receta de un médico y lo encon­traron una mañana muerto.

La muerte de Fitch tuvo lugar en una oscura posada de Kentucky, tres años antes de que Jefferson, el presidente filósofo, entrara en la Casa Blanca. Si Fitch hubiera sido el único inventor víctima de tal negligencia, sus peculiaridades personales y los defectos de su barco de vapor podrían explicar su fracaso; pero no era el único. Había al mismo tiempo en Filadelfia otro inventor, Oliver Evans, un hombre tan ingenioso que con frecuencia se lo llamaba el Watt americano. También inventó una locomotora de vapor que él deseaba intensa­mente poner en uso común. Los grandes servicios que en realidad prestó este hombre extraordinario no fueron la décima parte de los que habría rendido con alegría, de haber encontrado apoyo y alien­to; pero su éxito no fue siquiera tanto como el de Fitch, y se hizo a un lado mientras Livingston y Fulton, con mayores recursos e influencia impusieron, a un público escéptico, el barco de vapor.

[...]

La tarea de vencer la inercia popular en una sociedad democrática era nueva, y parecía ofrecer dificultades peculiares. Sin una clase científi­ca que encabezara y guiara a las demás en el camino, y sin una clase rica que proporcionara los medios para la experimentación, se le exi­gía de todas formas al pueblo de Estados Unidos, por la naturaleza mis­ma de sus problemas, que se convirtiera en una nación especulativa y científica. Poco podían hacer sin cambiar su viejo hábito mental y sin aprender a amar la novedad por la novedad misma. Hasta entonces su timidez para usar el dinero había estado en proporción a la escasez de sus medios. De allí en adelante tenían todos los alicientes posibles pa­ra tomar grandes riesgos y aceptar frecuentes pérdidas con el fin de ganar, de cuando en cuando, mil veces lo apostado. Como pueblo in­dependiente, con medio continente por civilizar, no podían darse el lujo de perder tiempo en seguir ejemplos europeos, sino que tenían que inventar nuevos procesos propios. Un mundo que suponía que lo еще había sido tenía que seguir siendo, no podía ser científico; y sin embargo, para hacer de los americanos un pueblo de éxito, había que despertar en ellos la convicción de que la educación científica era ne­cesaria. Mientras no se convencieran de que el conocimiento era di­nero, no insistirían en tener acceso a una educación superior; y mien­tras no vieran con sus propios ojos las piedras convertidas en oro, y el vapor en ganado y en trigo, no le encontrarían sentido a la ciencia. 

[...] 

El intelecto de Nueva Inglaterra

Ya sea que triunfara o fracasara Estados Unidos en sus empresas eco­nómicas o políticas, el pueblo tenía que desarrollar de todas formas alguna vida intelectual propia, y era probable que el rumbo seguido por este desarrollo interesara a la humanidad. Circunstancias y espe­ranzas nuevas difícilmente podían dejar de producir un arte y una li­teratura más o menos originales. De todos los triunfos posibles, nin­guno podría equipararse al que podría ganarse en las regiones del pensamiento, si la influencia intelectual de Estados Unidos se iguala­ra a su importancia social y económica. Tan joven como era la na­ción, había producido ya una literatura americana suficientemente voluminosa y variada para dar alguna idea de las que serían, con to­da probabilidad, sus cualidades futuras; y la condición intelectual de la clase letrada en Estados Unidos, a fines del siglo xvm, no podía me­nos que sugerir tanto los éxitos como los fracasos de la misma clase en el siglo xix.

En cuanto a gustos intelectuales, como en todo lo demás, la Unión manifestaba divisiones bien marcadas entre Nueva Inglaterra, Nueva York, Pennsylvania y los estados del sur. La Nueva Inglaterra misma estaba dividida entre dos centros intelectuales Boston y New Haven. Las escuelas de Massachusetts y Connecticut eran tan viejas como la colonia y en 1800 ambas estaban todavía vivas, si no florecientes.

En Massachusetts la sociedad estaba tajantemente dividida por la política. En 1800 la mitad de la población, representada, gracias a las restricciones de votación referentes a la propiedad, por sólo veinte mil votantes, era republicana. La otra mitad, que abarcaba unos vein­ticinco mil votos, contaba con casi todos los miembros de las clases profesionales y mercantiles, y representaba la riqueza, la posición so­cial y la educación de la comunidad; pero su fuerza residía en las igle­sias congregacionistas y en la cordial unión entre clero, jueces, abo­gados y los hombres respetables de todo el estado. Esta unificación creó algo desconocido fuera de la Nueva Inglaterra: un sistema social organizado capaz de obedecer órdenes para la ofensa o la defensa, y admirablemente adaptada a los usos del siglo xviii.

Si la autoridad de las clases dominantes en Massachusetts hubiera dependido solamente de los cargos oficiales, la tarea de derrocarlos habría sido tan sencilla como en otras partes, pero la oligarquía de Nueva Inglaterra tenía sus raíces profundamente hundidas en el sue­lo, y era sostenida por las convicciones del pueblo. Por desgracia el sis­tema no estaba adaptado ni se podía adaptar rápidamente al movi­miento de la época. Su cimiento era el sistema educativo, en principio excelente, pero anticuado. Se habían hecho en él pocos cambios des­de los tiempos coloniales. Las escuelas comunes eran lo que habían si­do desde el principio; las academias e institutos de estudios superio­res no habían cambiado más que las escuelas. En diez años, entre 1790 y 1800, treinta y nueve jóvenes se graduaron anualmente en el Cole­gio de Harvard ; durante la década 1766-1776, la que precedió a la re­volución de independencia, envió anualmente al mundo cuarenta y tres bachilleres en artes; en la década 1720-1730 el número promedio había sido de treinta y cinco. El único signo de que algo hubiera cam­biado era que en 1720-1730 fueron aproximadamente ciento cuaren­ta los graduados que entraron en el servicio de la Iglesia mientras que en el periodo 1790-1800 sólo ochenta aproximadamente eligieron esa carrera. En el periodo anterior instruían a los estudiantes un profesor de teología, uno de matemáticas y cuatro tutores. En 1800 hacían el mismo trabajo el presidente, un profesor de teología, un profesor de matemáticas y un profesor de hebreo, cátedra creada en 1765, junto con los mismos cuatro tutores. El método de instrucción no había cambiado, siendo adecuado para la enseñanza de niños de catorce años; la instrucción misma era pobre, y la disciplina no muy buena. El Colegio de Harvard no había progresado tanto en ochenta años co­mo progresó después en veinte. La vida estaba despertando en su se­no como despertaba en toda la humanidad; no se podían cerrar del todo las puertas al espíritu y vitalidad de la edad que estaba en el um­bral, pero a pesar de todo el colegio parecía un sacerdocio que hubie­ra perdido el secreto de sus misterios, y mantuviera pacientemente en alto una vacilante antorcha ante altares fríos, en espera del momento en que Dios otorgara una nueva dispensación de luz solar.

Y, sin embargo, en 1783, se había fundado una escuela de medici­na con tres profesores que cada año daba títulos a un promedio de dos doctores en medicina. La ciencia tenía ya un pie firme en el colé­gio, y una gran parte del clero conservador estaba sumamente preo­cupado por las tendencias liberales que dejaba entrever la mesa direc­tiva. Esto no era nada nuevo. Harvard siempre estuvo un poco a la van­guardia de la sociedad, yjamás se unió cordialmente al rechazo de los movimientos liberales; pero por desgracia se lo había formado como instrumento, y nunca había gozado del libre uso de sus facultades. No le era posible deshacerse del control de los clérigos, ya que, si por una parte el colegio se veía obligado a apoyar al clero, por la otra el clero apoyaba al colegio, y sin la asistencia moral y material de esta clerecía, que incluía a centenares de los más respetados y respetables ciudada­nos, revestidos de la autoridad de jueces espirituales, el Colegio de Harvard se habría encontrado en bancarrota, en lo que a recursos ma­teriales y prestigio se refiere. Los graduados pasaban del colegio al pulpito, y desde el pulpito intentaban mantener al colegio, como a sus propias congregaciones, de cara al pasado. "Estamos en guardia contra las insidiosas incursiones de la innovación ", predicaban, "de ese espíritu malvado y seductor que ahora se pasea por la tierra a grandes zancadas, buscando a quien destruir". Estas palabras fueron pronun­ciadas porjedediah Morse, graduado en Yale en 1783, pastor de la iglesia de Charlestown, cerca de Boston, todavía conocido en los dic­cionarios biográficos como "padre de la geografía americana". Figu­raron en el sermón electoral de este valioso y útil hombre, pronuncia­do el 6 de junio de 1803; pero el sentimiento no le era peculiar, ni se limitaba al público al que entonces se dirigía; era el mensaje de mil discursos de su época, reforzados por una formidable autoridad.

El poder del clero congregacionista, que había perdurado sin rup­tura alguna hasta la Revolución, fue en un principio minucioso e in­quisitorial, equivalente a una autoridad policiaca. Durante el úlúmo cuarto de siglo el clero mismo se alegró de dejar a un lado la vigilan­cia de tipo más odioso sobre sus parroquias, y dar la bienvenida a la libertad social dentro de límites fijados convencionalmente; pero su antigua autoridad no había desaparecido del todo. En las parroquias aírales seguían siendo autocráticos. Si un individuo desafiaba su au­toridad, el ministro se calaba el sombrero de tres picos, tomaba su bastón de empuñadura de plata y caminaba por la calle principal de la aldea, llamando a una y otra puerta de sus más devotos parroquia­nos, para advertirles que andaba suelto un espíritu de licencia e infi­delidad francesa que sólo podría ser reprimido mediante un esfuer­zo vigoroso y combinado. Cualquier hombre que una vez fuera colocado bajo esta interdicción lo pasaba mal si posteriormente era llamado ante los tribunales. El brazo secular apoyaba vigorosamente la voluntad eclesiástica. Nada tendía tanto a volver conservadora a la respetabilidad, y al conservatismo, un fetiche de la respetabilidad, co­mo esta unión de tribunal y pulpito. El demócrata no tenía casta, no era respetable; era un jacobino, y ninguna persona semejante traspa-saríajamás las puertas de un hogar federalista. Todo intrigante, diso­luto, malviviente, defraudador, acuñador de falsa moneda y habitua­do a las cárceles; todo demagogo, hablador y ligero de cascos; todo especulador, burlón, ateo era un amante de Jefferson, yJefferson mis­mo era la encarnación de sus teorías.

Existe sobre este tema una documentación consistente en pilas de periódicos y sermones; la mayoría aburridos y carentes de mérito li­terario. En algunos Jefferson figura bajo los conocidos disfraces de la políüca puritana: es Efraín, que se ha mezclado con el pueblo; ha re­negado de su Dios y de su religión; ha ido a Asiría, y se ha mezclado allí con los infieles; "peina canas, y sin embargo no sabe nada"; o bien es Jeroboam, que aparta al pueblo de Israel de Dios y le hace come­ter un gran pecado. Ha dudado de la autoridad de la revelación y se ha atrevido a sugerir que las conchas petrificadas que se encuentran incrustadas en las rocas, a quince mil pies por encima del nivel del mar, difícilmente podrían haber sido dejadas allí por el diluvio, por­que si toda la atmósfera se condensara en agua, los mares sólo se al­zarían cincuenta y dos pies y medio. Escéptico como es, no puede aceptar la teoría científica de que el lecho del océano hubiera sido elevado por fuerzas naturales; pero, aunque abandonó inmediata­mente este ataque contra la revelación, expresa de todas formas la opinión de que un diluvio universal es igualmente insatisfactorio co­mo explicación, y ha confesado preferir una profesión de ignorancia antes que creer en un error. Ha dicho: "No me hace ningún mal que mis vecinos digan que hay, veinte dioses, o ninguno", y que las diver­sas formas de fe religiosa de los estados del centro son "bastante bue­nas, y bastan para preservar la paz y el orden". Es notoriamente un deísta; probablemente se burla de la doctrina de la depravación to­tal; y seguramente no tendrá jamás parte alguna en las bendiciones de la "Nueva Alianza" ni se salvará por la gracia.

Y sin embargo el clero congregacionista, aunque seguía siendo muy respetado, había dejado de encabezar el pensamiento. La literatura teológica ya no tenía la preeminencia de la que gozaba en los días de Edwards y Hopkins. La reacción popular contra el calvinismo, más emocional que intelectualmente asumida, detuvo el desarrollo de la teología; y el clero, siempre pobre en cuanto clase, sin más arma que su inteligencia y la limpieza de su reputación, buscaba antes eludir que desafiar la hostilidad. El trabajo literario que había no era cleri­cal sino secular. Su terreno era la prensa de Boston, y su reconocido campeón literario Fisher Ames.

El tema del pensamiento de Ames era exclusivamente político. En ese momento todas las influencias se combinaban para mantener en una condición estática la política de Massachusetts. Los modales y la moral del pueblo eran puros y sencillos, su sociedad era democráti­ca; en los peores excesos de su propia revolución jamás se habían mostrado salvajes o sedientos de sangre; su experiencia no podía ex­plicar, ni su imaginación eximir los excesos populares; cuando, en 1793, la nación francesa pareció enloquecer con el frenesí de sus li­bertades recuperadas, la Nueva Inglaterra contempló la sangrienta y blasfema obra con el horror que no podían dejar de sentir estos ciu­dadanos religiosos. De ese momento en adelante lo que distinguía a un hombre bueno y sabio era que aborrecía la Revolución francesa y culpaba de ella a la democracia. Como Edmund Burke, se negaba a escuchar ningún argumento: "Esta Academia Francesa de los sanscu­lottes, una escuela vil, antiliberal; no hay nada en ella que deba apren­der un caballero." La respuesta a toda sugerencia democrática era siempre la misma: "¡Mira lo que pasó en Francia!" Esta idea se volvió monomanía entre los dirigentes de Nueva Inglaterra y se apoderó de Fisher Ames, su más brillante escritor y conversador, hasta degenerar en mórbida ilusión. Durante los últimos meses de su vida, en fecha tan tardía como 1808, este hombre, ya casi moribundo, apenas podía hablar de sus hijos sin expresar su temor de que terminarían como esclavos de los franceses. Creía que sus amigos compartían su apren­sión. "Nuestros días", escribió, "se hacen pesados por la presión de la ansiedad; e inquietan nuestras noches visiones de horror. Escucha­mos el crujido de cadenas, y los cuchicheos de los asesinos. Obser­vamos las bárbaras disonancias de la rabia y el triunfo entremezcla­das en la gritería de una turba enfurecida; contemplamos el lúgubre brillo de sus incendios y respiramos el odioso vapor de las víctimas humanas sacrificadas." En teoría la Revolución francesa no era un ar­gumento o una prueba, sino una ilustración de las operaciones de la ley divina; lo que había sucedido en Francia tendría tarde o tempra­no que suceder en América si habían de gobernar los ignorantes y malos a los sabios y buenos.

El resentimiento contra los demócratas se intensificó después del mes de mayo de 1800 cuando se vio que sería inevitable la victoria electoral de Jefferson. Fue entonces por primera vez cuando el clero y casi todos los ciudadanos educados y respetables de Nueva Inglate­rra comenzaron e extender al gobierno nacional el odio que tenían por la democracia. Las expresiones de esta antipatía combinada lle­narían volúmenes. "Nuestro país", escribió Fisher Ames en 1803, "es demasiado grande para la unión, demasiado sórdido para el patrio­tismo, demasiado democrático para la libertad. Qué será de él, quien lo hizo es quien mejor lo sabe. Sus vicios lo gobernarán, manipulan­do su tontería, trabajando sobre su locura. Esto es lo ordenado para las democracias." Explicó por qué le esperaba este destino inevitable

Una democracia no puede durar. Su naturaleza ordena que su próxima trans­formación sea en un despotismo militar, de todos los gobiernos conocidos tal vez el más inclinado a cambiar de cabeza y el más lento en corregir sus vicios. La razón es que la tiranía de lo que se llama pueblo y la de la espada operan ambas en la misma forma para rebajar y corromper, hasta que no queden hombres que tengan espíritu para desear la libertad ni moral para sostener la justicia. Como la ardiente pestilencia que destruye al cuerpo humano, na­da puede resistir su disolución sino los gusanos.

George Cabot, cuyas opiniones políticas eran ley para los buenos y sabios, tenía las mismas convicciones. "Plasta en Nueva Inglaterra", escribió Cabot en 1804, "en donde hay en el cuerpo del pueblo más sabiduría y virtud que en ninguna otra parte de los Estados Unidos, estamos llenos de errores que ningún razonamiento podría extirpar, así hubiera un Licurgo en cada aldea. Somos enteramente democrá­ticos, y sostengo que la demacrada en su operación natural es el go­bierno de los peores."

Si estas expresiones de opinión se hubieran mantenido dentro de la discreción de la correspondencia privada, el público habría podido guardar silencio al respecto; pero tan fuertes eran los sabios y bue­nos en su eco popular, que cada periódico parecía gloriarse en denun­ciar al pueblo. Instaban a que se recurriera al uso de la fuerza para proteger la sabiduría y la virtud. Un párrafo del "Portfolio" de Den-nie, reimpreso en todos los periódicos federalistas en el año 1803, ofrece un ejemplo entre mil de la vanidosa seguridad que estaba po­sesionada de la prensa federalista, ni más extravagante, ni más digna de ser catalogada de traición que el resto:

Una democracia es difícilmente tolerable en ningún periodo de la historia nacional. Sus augurios son siempre siniestros, y sus poderes poco propicios. Aquí está a prueba, y el resultado será la guerra civil, la desolación y la anar­quía. No hay hombre sabio que no discierna sus imperfecciones, ni bueno que no tiemble ante sus miserias, ni honrado que no proclame su fraude, ni valiente que no saque la espada para blandiría contra su fuerza. La institu­ción de un plan político tan radicalmente despreciable y vicioso es un ejem­plo memorable de lo que puede urdir la villanía de algunos, recibir la locu­ra y tontería de otros, y establecer ambos a pesar de la razón, la reflexión y los sentidos.

El gran jurado de Filadelfia pronunció cargos en contra de Dennie a causa de este párrafo, considerándolo un libelo sedicioso, pero no era más expresivo que la única frase pronunciada por Alexander Ha­milton, que debía no poco de su enorme prestigio a la facultad de expresar los prejuicios de sus adeptos más concisamente que ellos mismos. Comprimiendo la idea en una sola palabra, Hamilton, en una cena en Nueva York, replicó a alguna expresión de senümiento democrático golpeando la mesa con su mano y exclamando: "¡Su pueblo, señor, su pueblo es una gran bestia!" 

los ideales americanos 

Casi todos los viajeros extranjeros que visitaron Estados Unidos du­rante estos primeros años se llevaron una impresión grave, si no tris­te. Mil millas de bosque desolado y lúgubre, roto aquí y allí por oca­sionales asentamientos humanos; a lo largo de la costa unas cuantas ciudades florecientes dedicadas al comercio; la ausencia total de las artes, una literatura provinciana, el cáncer de la esclavitud de los ne­gros, y diferencias de teoría política fortalecidas tras demarcaciones geográficas. ¿Qué podía esperarse de semejante país sino que repitie­ra la historia de violencia y brutalidad que el mundo ya sabía de me­moria, y cuya repetición durante miles de años había fatigado y as­queado a la humanidad? Tendrían que pasar edades históricas antes de que pudiera colonizarse totalmente el interior; hasta Jefferson, que por lo general era un hombre optimista, hablaba de mil años con tranquilidad y, en el discurso de inauguración de su primer periodo presidencial, en una época en que el río Mississippi consumía la ex­trema frontera occidental, hablaba del país como "lo suficientemen­te amplio para nuestros descendientes hasta la centésima y milésima generación". Ninguna persona prudente se atrevía a actuar con la confianza de que, una vez colonizado, un solo gobierno pudiera abar­carlo todo; y cuando llegara el día de la separación y América tuvie­ra su Prusia, Austria e Italia, como tenía ya su Inglaterra, Francia y Es­paña, ¿qué otra cosa podría seguirse sino un regreso a los viejos celos regionales, las guerras y la corrupción que habían hecho de Europa un matadero?

La inmensa mayoría de los americanos eran optimistas y seguros de sí mismos, en parte por su temperamento, pero también en par­te por su ignorancia; poco sabían de las dificultades que rodeaban a una sociedad compleja. Al duque de Liancourt, como a muchos otros críticos, lo impresionó esta característica. Entre otros ejemplos se en­contró con un molinero de Pennsylvania, llamado Thomas Lea, "un sólido patriota americano, convencido de que nada bueno se hace, y nadie tiene sesos, salvo en América; que la inventiva, la imaginación, el genio de Europa está ya en decadencia"; y el duque añade: "Este error lo comparten casi todos los americanos, los legisladores y admi­nistradores tanto como los molineros, y en ellos es menos inocente." En el año 1796 la Cámara de Diputados discutió si debía insertarse, en la Respuesta al Discurso del Presidente, un comentario al paso di­ciendo que la nación era "la más libre e ilustrada del mundo", una nación que estaba todavía en pañales, que no tenía literatura, artes, ciencias, ni historia; ni siquiera nacionalidad suficiente para estar se­gura de que era una nación. El momento era especialmente mal ele­gido para tales pretensiones, porque Europa estaba al borde de una explosión de genio. Goethe y Schiller, Mozart y Haydn, Kant y Fich­te, Cavendish y Herschel estaban cediendo su sitio a Walter Scott, Wordsworth y Shelley, Heine y Balzac, Beethoven y Hegel, Oersted y Cuvier, grandes físicos, biólogos, geólogos, químicos, matemáticos metafísicos e historiadores por veintenas. Turner pintaba sus prime­ros paisajes y Watt terminaba su última máquina de vapor; Napoleón tomaba bajo su mando a los ejércitos franceses y Nelson a la marina inglesa; proliferaban investigadores, reformadores, estudiosos y filó­sofos, y la influencia de la Ilustración, incluso en medio de una gue­rra universal, obraba con una energía tal que jamás antes la había ima­ginado el mundo. La idea de que Europa estaba en decadencia sólo probaba la ignorancia y falta de ilustración, si no de libertad, de los americanos, quienes apenas podían disculpar su error arguyendo que, a pesar de estas objeciones, en las cuestiones que por el momento más le importaban, Europa tenía todo un siglo de retraso respecto de América. Si tenían razón al pensar que el siguiente paso necesario pa­ra el progreso humano era el de elevar al hombre medio a un nivel intelectual y social parejo al de los más privilegiados, estaban cuando menos tres generaciones más cerca que Europa de su meta común. En todo caso es indudable que el destino de Estados Unidos estaba apostado, sin reservas ni escapatoria, a la solidez de este dudoso e in­cluso implausible principio, ignorando o bien derrocando las institu­ciones de la Iglesia, aristocracia, familia, ejército e intervención polí­tica, que una larga experiencia había comprobado indispensables para la seguridad de la sociedad. Europa podría tener razón al pen­sar que sin tales salvaguardas la sociedad llegaría a su fin; pero hasta los europeos tenían que admitir que había una posibilidad, no más de una sobre mil, de que América lograra, al menos por un tiempo, su propósito. ¿Si había apostado el bienestar temporal y eterno a la carta ganadora; si era cierto que el hombre realmente se volvía más virtuoso e ilustrado, por un mero proceso de crecimiento, sin autori­dad eclesiástica ni paterna de por medio, si el ser humano común po­día acostumbrarse a razonar con la lógica de Descartes y Newton...?

En tal caso, nadie podía negar que Estados Unidos ganaría un pre­mio que desafiaba todo cálculo posible. Con todas sus ventajas de ciencia y capital, Europa tendría que llegar más lentamente que Amé­rica a la meta común. La sociedad americana podría ser grave y tris­te, pero, con la excepción de la esclavitud de los negros, era sólida y sana en todas sus partes. Desnudado para el trabajo más duro, cada músculo firme y elástico, cada onza de cerebro listo para usarse, y ni una fibra de carne superflua en su cuerpo nervioso y flexible, el ame­ricano era en el mundo una nueva especie de hombre. Desde el esta­do de Maine hasta la Florida, la sociedad era al respecto la misma, y estaba organizada para utilizar sus recursos humanos con mayor eco­nomía de la que podía aproximar siquiera ninguna sociedad del res­to del mundo. No sólo se habían eliminado cuidadosamente las ba­rreras artificiales, sino que todo aliciente que pudiera seducir a la ambición ordinaria estaba enjuego. Ningún cerebro o apetito lo su­ficientemente despierto para ser consciente de los estímulos podía dejar de responder a los fuertes incentivos. Pocos seres humanos, por tardos que fueran, podían resistir por mucho tiempo la tentación de adquirir poder, y en América los elementos del poder estaban a la ma­no, casi bastaba pedirlos. Invirtiendo el sistema del mundo antiguo, el estímulo americano incrementaba su potencia a medida que llega­ba a la clase de los hombres más bajos e ignorantes, izándolos con la fuerza de la ráfaga absorbida violentamente por un gran horno. El in­migrante escocés o irlandés, sin un centavo y sin un techo que lo cu­briera, caía bajo su influjo y era devorado por él; cada golpe de su ha­cha o de su hoz lo convertía en un capitalista, y hacía de sus hijos caballeros. La riqueza era el agente más poderoso para mover a las masas, pero el poder político difícilmente resultaba menos tentador para los enjambres de los ciudadanos más inteligentes y mejor edu­cados nacidos ya en América, y, una vez creado el instinto de la acti­vidad, parecía volverse heredable y permanente en la raza.

Comparada con este joven esbelto y flexible, Europa estaba en rea­lidad en la senectud. Las simples distinciones de clase, elpatois o dia­lecto de los campesinos, la fijeza del lugar de residencia, las vestimen­tas y costumbres locales marcaban una historia que se perdía en la renovación de generaciones idénticas, y alzaban barreras que parali­zaban a la mitad de la población desde su nacimiento. Sobre esta ma­sa de materia inerte descansaban la Iglesia y el Estado, restringiendo la actividad del pensamiento. Guerras sin fin retiraban a cientos de miles de hombres del proceso de la producción, transformándolos en agentes de desperdicio; deudas enormes, dejadas por las guerras pasadas y los malos gobiernos, creaban interés en apoyar al sistema y fijar su carga sobre los hombros de la clase trabajadora; las cortes, cu­yos hábitos de extravagancia escandalizaban al sentido común, ayu­daban a consumir las economías privadas. Todo esto podría haberse soportado; pero detrás estaban las aristocracias, que chupaban su sus­tentó del trabajo de la industria sin producir nada ellas mismas, que empleaban poco o ningún capital activo o trabajo inteligente, sino que oprimían las energías y ambición de la sociedad con el peso de un íncubo. Pintorescas y divertidas como eran estas anomalías socia­les, eran más apropiadas para el teatro y el museo de trajes históricos que para un taller activo que se preparara a competir con una maqui­naria como la que pronto tendría América a su disposición. Desde un punto de vista económico, eran tan incongruentes como si de pron­to apareciera un caballero medieval con armadura y casco, escudo y hacha de guerra, a manejar la maquinaria de una moderna fábrica de hilados y tejidos; pero además de ser antieconómicas, tendían a impedir que el resto de la sociedad se diera cuenta de sus propias tuerzas. En Europa el hábito mental conservador estaba fortificado tras el poder. Durante casi un siglo Voltaire mismo -el amigo de re­yes, el genio y humorista y poeta, el historiador y filósofo de su épo­ca- había mantenido su protesta, en terror cotidiano, en el exilio y la excomunión, contra un despotismo intelectual despreciable hasta pa­ra quienes lo apoyaban. Apenas había muerto Voltaire, cuando Pries-tley, tan gran hombre, si no tan gran talento, como el primero, que intentó hacer para Inglaterra lo que Voltaire había tratado de hacer por Francia, fue atacado por una turba en Birmingham y obligado a partir para América. En donde Voltaire y Priestley habían fracasado, los hombres ordinarios no podían siquiera luchar; el peso de la so­ciedad asfixiaba su pensamiento. En América había un peligroso equi­librio entre las fuerzas conservadoras y liberales, pero en Europa la tendencia conservadora tenía en sus manos el poder físico del gobier­no. En Boston el joven Bucknúnster podía verse temporalmente im­pedido, por los ruegos o las órdenes de su padre, de entrar en el sen­dero que conducía a un pensamiento más libre, pero la juventud lo llamaba hacia adelante y todas las recompensas que podía ofrecer la sociedad danzaban ante sus ojos. En Londres o París, Roma, Madrid o Viena, tendría que haber sacrificado toda esperanza humana.

Admitido que los americanos estaban por arriesgar su futuro en un nuevo experimento, deseaban naturalmente liberarse de todas las cargas de las que pudieran deshacerse. Creyendo que gobernaría al mundo no la violencia, sino el interés, y que Estados Unidos tendría que depender para su seguridad y éxito de los intereses que pudiera crear, se veía tentado a considerar la guerra y los preparativos bélicos para la misma como el peor de los errores; porque estaba seguro de que cada dólar capitalizado en la industria era un medio más efecti­vo de derrocar a sus enemigos que mil dólares gastados en fragatas y ejércitos permanentes. Desde este punto de vista el éxito del sistema americano era una cuestión económica. Si lograran liberarse de deu­das, impuestos, ejércitos e intervenciones gubernamentales en la in­dustria, tendrían forzosamente que dejar muy atrás a Europa en cuan­to a economía de producción, y los americanos estaban ya entonces al menos parcialmente conscientes de que, si su máquina no se veía tan debilitada por estas economías como para descomponerse y de­jar de funcionar, tendría necesariamente que triunfar sobre todos sus rivales. Si su teoría era acertada, cuando llegara el día de la compe­tencia, Europa tendría que escoger entre las instituciones americanas y las chinas, pero no habría término medio; podría convertirse en una democracia confederada, o en un desastre.

Fueran acertadas o no estas ideas, les parecían evidentes en sí mis­mas a aquellos demócratas de los estados norteños que, como Albert Gallatin, estaban relativamente libres de teorías esclavistas y compren­dían las fuerzas que operaban en la sociedad. Si Gallatin deseaba re­ducir al mínimo la interferencia del gobierno, y a la nada sus gastos, no se proponía con ello el ahorro de dinero sino su utilización más eficaz. En sus ojos la Revolución de 1800 era principalmente política, porque era social, pero en cuanto revolución de la sociedad, él y sus amigos esperaban hacer de ella la más radical desde la caída del im­perio romano. Sus ideas no habían pasado todavía la prueba de la ex­periencia y estaban confundidas por prejuicios contradictorios, pero no les faltaban ni amplitud ni astucia.

Muchas aparentes contradicciones surgieron de esta forma toda­vía incipiente del pensamiento americano, y dieron lugar a una gran confusión en las distintas evaluaciones del carácter americano que se hacían tanto en el país como en el extranjero.

Que los americanos no resultaran simpáticos era natural, pero que no fueran comprendidos era mucho más significativo. Después de la caída de la República francesa no tenían derecho a esperar una pa­labra amable de Europa y durante los siguientes veinte años rara vez la recibieron. El movimiento liberal europeo estaba acobardado y na­die se atrevía a expresar simpatías democráticas en tanto no hubiera pasado la tempestad napoleónica. Los americanos no tenían derecho a criticar esta actitud, porque con ella Europa no se proponía tanto perjudicarlos como protegerse a sí misma. Sin embargo los lectores atentos no podían menos que sorprenderse de que ninguno de los numerosos europeos que entonces escribieron o hablaron con res­pecto a América pareciera estudiar seriamente el tema. El viajero or­dinario tendía a ser poco más reflexivo que una abeja o una hormi­ga, pero algunos de estos críticos estaban dotados de talento que distaba mucho de ser ordinario; y sin embargo únicamente Talley­rand demostró que, si hubiera podido ver a América unos años más tarde, podría haber sugerido alguna explicación de las aparentes con­tradicciones que encontraba en el carácter nacional y que lo dejaban perplejo. Los demás viajeros -grandes y pequeños, desde el duque de Liancourt hasta Basil Hall, una lista larga y sugerente- se sentían igualmente perplejos. Concordaban en observar las contradicciones, pero todos, incluido Talleyrand, sólo veían moúvos sórdidos. Talley­rand expresó una extrema sorpresa ante la apatía de los americanos respecto de los sectarios religiosos; pero se la explicó suponiendo que el ardor americano del momento estaba completamente inverúdo en la tarea de hacer dinero. La explicación, evidentemente, no bastaba, ya que los americanos eran capaces de acalorarse y manifestar su emo­ción, incluso a un alto costo pecuniario, y lo comprobaban con fre­cuencia; pero dentro de la gama de observaciones del extranjero el amor al dinero era la característica más conspicua y común del carác­ter americano. "No hay, quizá, ningún país civilizado en el mundo", escribió Félix de Beaujour, poco después de 1800, "en donde haya menos generosidad en las almas, y en las cabezas una cantidad me­nor de esas ilusiones que forman el encanto o el consuelo de la vida. Aquí el hombre lo pesa todo, lo calcula todo, y lo sacrifica todo a su propio interés." Un inglés, llamado Fearon, expresó en 1818 la mis­ma idea con mayor claridad:

Al trasladarse a América, yo diría, en general, que el emigrante debe esperar encontrar no un pueblo ahorrativo o limpio; no un pueblo sociable o gene­roso; no un pueblo de ideas amplias; no un pueblo de opiniones liberales, o hacia el cual pueda uno expresar sus pensamientos con entera libertad; no un pueblo amistoso hacia los abogados de la libertad en Europa; no un pue­blo que comprenda la libertad con fundamento en la investigación y en los principios; no un pueblo que entienda el sentido de las palabras "honor" y "generosidad".

Tales citas podrían multiplicarse indefinidamente. La codicia era la explicación aceptada de las peculiaridades americanas; sin embargo a todos los viajeros los inquietaban contradicciones que exigían un esclarecimiento de otro tipo. "No es con el fin de ahorrar que son tan rapaces los americanos", observó Liancourt, ya en 1796. La extrava­gancia, o lo que los ahorrativos europeos juzgaban extravagancia, con la que se permitía y alentaba a las mujeres americanas a gastar el di­nero, era tan notoria en 1790 como cien años después; el loco atrevi­miento con que los americanos arriesgaban frecuentemente su dine­ro y la liberalidad con que lo usaban eran ya entonces notorias en comparación con los hábitos europeos. Los europeos veían estas con­tradicciones, pero no hacían intento alguno por conciliarias. Ningún extranjero de la época -fuera poeta, pintor o filósofo- era capaz de detectar en la vida americana nada más elevado que la vulgaridad; porque se trataba de algo completamente ajeno a su experiencia, algo que su educación y su cultura no habían preparado fórmula alguna para expresar. Moore fue a Washington, y no encontró allí inspira­ción más alta que la de cualquier versificador federalista de la escue­la de Dennie.

Los dos pequeños tomos de las Epístolas de Moore, impresos en 1807, contenían muchos supuestos poemas del mismo tono, más pu­lidos y menos respetables que los de Barlow y Dwight; mientras, co­mo si se propusiera comprobar que el Viejo Mundo también sabía lo que era la vulgaridad, embalsamó en sus versos las calumnias que el difamador escocés Callender había inventado contra Jefferson: Para no dejar duda alguna sobre su significado, explicó en una nota al pie de página que aludía al presidente de Estados Unidos; y sin embargo hasta Moore, esa mariposa frivola y superficial, habría tenido que per­cibir, de habérselo permitido, que entre la moral política y social de América y las que prevalecían entonces en Europa, no cabía compa­ración alguna; sólo contraste.

En su momento Moore no fue sino un eco de la Inglaterra que vi­vía a la moda. Pocas veces aparentaba sublimidad moral; y si en sus deambulaciones se habría encontrado a una raza de ángeles encar­nados los habría cantado, o les habría cantado, en el tono levemen­te erótico tan grato a la sociedad que le encantaba frecuentar y hala­gar. Sus comentarios sobre el carácter americano delataban más temperamento que veracidad; pero incluso en esto tan sólo expresa­ba el sentir común de los europeos, del cual se hacía eco la sociedad federalista de Estados Unidos. Los ingleses, en especial, se daban el gusto de despotricar contra el carácter sórdido de la sociedad ameri­cana y, al fundamentar su política nacional en este desprecio, lleva­ron su teoría a la práctica con tanta energía que produjo su propia refutación. Para su sorpresa y rabia, llegó el día en que los america­nos, en contra de su propio interés y contradiciendo todas las carac­terísticas que se les atribuían, insistieron en declararles la guerra; y los lectores de esta narración se sorprenderán del grito de increduli­dad, no sin mezcla de terror, con el que se pusieron bruscamente de pie los ingleses cuando despertaron de su falsa ilusión al ver la ban­dera que se les había enseñado a llamar pabellón meteòrico de Ingla­terra -que había flameado terrible en Copenhague y Trafalgar- vaci­lar de pronto y caer sobre el puente ensangrentado del Guerrière. Fearon, Beaujour, y una veintena más de críticos contemporáneos, no podían ver ni generosidad, ni ahorro, ni honor, ni ideas de nin­gún tipo en el pecho americano, y sin embargo la misma obstinada repetición de estas negativas traicionaba el oculto temor que les ins­piraban las fuerzas sociales cuya potencia tuvieron la franqueza sufi­ciente de atestiguar. ¿Qué era lo que, como se quejaban ellos, conver­tía al campesino europeo en un hombre nuevo a la media hora de haber desembarcado en Nueva York? A los ingleses nunca les faltó ca­pacidad para comprender la poesía de las emociones prosaicas. Ni ellos ni ninguno de sus parientes dejaron de sentir en tiempos poste­riores la "tremenda emoción" del muchacho del campo, cuyo "espí­ritu saltaba en él queriendo adelantársele", cuando vislumbraba por primera vez en la distancia las luces de Londres; pero ninguno pare­ció percibir jamás la emoción mucho mayor del inmigrante america­no. Entre los ingleses que criticaron a Estados Unidos había uno más grande que Moore, uno que sólo se sentía a gusto en la grave belleza de una presencia moral. De todos los poetas, vivos o muertos, Words­worth era el que más intensamente percibía lo que llamaba la triste, quieta música de la humanidad; pero la más alta idea que pudo plas­mar de América no era más poética que la de cualquier mendigo de Cumberland que hubiera podido encontrarse en su paseo matutino. De manera que Wordsworth, aunque estaba a la sazón en su mejor época, solazándose, aparentemente, en la pretensión de que sólo él había tenido la sublime intuición de algo que todo traspasaba y con todo se fundía, cuya morada era la luz de los soles ponientes, y el re­dondo océano, y el aire viviente, y el cielo azul, y la mente del hom­bre. .. hasta él, para quien la pesada y fatigosa carga de todo este mun­do incomprensible era aliviada por su simpatía más profunda con la naturaleza y con el alma, no pudo hacer nada mejor, cuando estuvo frente a la democracia americana, que "guardar el secreto de un agu­do desprecio".

Es posible que la opinión de Wordsworth y Moore, de Weld, Den-nie y Dickens fuera acertada. El demócrata americano tenía poco ar­te para expresarse, y no observaba atentamente sus propias emocio­nes con vistas a su formulación, ni en prosa ni en verso; nunca decía más de sí mismo de lo que el mundo pudiera haber supuesto sin es­cucharlo. Sólo con gran renuencia podía la historia atribuir a seme­jante clase de hombres una gama más amplia de pensamientos o sen­timientos que la que ellos mismos quisieran declarar. Sin embargo, la dificultad de negar o incluso ignorar esa gama más amplia era mayor aún porque nadie cuestionaba la fuerza o amplitud de la emoción que hacía ver al más pobre campesino de Europa lo que resultaba in­visible para el poeta y el filósofo... el vago esbozo de una cima mon­tañosa del otro lado del océano, que se eleva a gran altura por enci­ma de la bruma y el lodo de la democracia americana. Como para llamar la atención sobre alguna dificultad de este tipo, los críticos eu­ropeos y americanos, mientras afirmaban que los americanos eran una raza desprovista de ilusiones o de ideas más amplias, declaraban en la misma emisión de voz que Jefferson era un visionario cuyas teo­rías harían derrumbarse los cielos sobre ellas. Año tras año, con in­terminable reiteración, en todos los acentos del desprecio, la ira y la desesperación, repetían esta actuación contra Jefferson. Todos los extranjeros y federalistas estaban de acuerdo en que era un hombre iluso, peligroso para la sociedad, y con poderes ilimitados para el mal; pero si esta opinión de su carácter era correcta, esas mismas cualida­des visionarias parecerían ser también una característica nacional, puesto que todos admitían que las opiniones de Jefferson eran com­partidas, en una u otra forma, por la mayoría de los americanos.

Podrían multiplicarse los ejemplos, y tomarlos de todas las clases sociales y de todos los periodos de la historia nacional. De todos los presidentes, Abraham Lincoln ha sido considerado el más típicamen­te representativo de la sociedad americana, principalmente porque su mente, con todas sus cualidades prácticas, se inclinaba también, en ciertas direcciones, al idealismo. Lincoln nació en 1809, en la épo­ca en que más se despreciaba el carácter americano. Ralph Waldo Emerson, más obviamente idealista, nació en 1803. William Ellery

Channing, otro idealista, nació en 1780. Hombres como John Fitch, Oliver Evans, Robert Fulton, Joel Barlow, John Stevens y Eli Whitney, todos fueron clasificados como visionarios. Toda la comunidad de los cuáqueros pertenecía a la misma categoría. Las memorias de las sec­tas religiosas populares abundan en ejemplos de idealismo e ilusión a tal grado que sugiere que las masas difícilmente encontraban con­suelo o esperanza en ninguna autoridad, por antigua y firmemente establecida que estuviera. En religión, tanto como en política, los americanos parecían necesitar un sistema que diera libre juego a su imaginación y a sus esperanzas.

Siempre tiene que haber alguna mala interpretación cuando las inclinaciones del observador están en contradicción con las de la so­ciedad que describe. Wordsworth podría haberse convencido, con un momento de meditación, de que ningún país podía obrar sobre la imaginación de la manera en que obraba América sobre los instintos de los ignorantes y pobres, sin tener alguna cualidad que mereciera algo mejor que el agudo desprecio; pero quizás éste era tan sólo uno de los innumerables casos en que el poeta inconsciente respira una atmósfera que el poeta consciente de serlo no puede penetrar. Con igual razón podría haber adoptado la opinión contraria, que el de­mócrata americano duro, práctico, dedicado a hacer dinero, que no tenía ni generosidad ni honor ni imaginación, y habitaba frías som­bras donde la fantasía enfermaba y moría el genio, en verdad habita­ba un mundo de sueños, y representaba un drama más cercano a la poesía que todos los avalares de Oriente, caminando entre sus jardi­nes de esmeraldas y rubíes; que en su ambición gobernaba ya al mun­do y guiaba a la Naturaleza con mano más amable y sabia de lo que jamás se hubiera conocido hasta entonces en la historia de la huma­nidad. Pero desde este ángulo nunca se le acercaban los críticos... se detenían a distancia suficiente para alcanzarlo de una pedrada, y en el momento en que declaraban que su mente carecía de ilusiones, agre­gaban que, o era un canalla, o era un lunático. Incluso de su lado práctico y sórdido hubiera sido fácil ver al americano como víctima de una ilusión. Si el inglés hubiera vivido como el especulador ame­ricano -en el futuro-; la hipérbole del entusiasmo habría parecido menos monstruosa. "¡Mira mi riqueza!", exclamaba el americano al visitante extranjero. "¡Contempla estas montañas sólidas de sal y hie­rro, de plomo, cobre, plata y oro! ¡Contempla esas magníficas ciuda­des esparcidas hasta el Pacífico! ¡Mira mis trigales agitarse y ondular en la brisa del verano de océano a océano, tan lejos que el sol mismo no es lo suficientemente alto para percibir el punto en que las dis­tantes sierras cercan a mis dorados mares! ¡Mira este continente mío, la tierra más hermosa de todos los mundos creados, tendida y volvien­do hacia la caricia jamás ausente del sol sus anchos y exuberantes pe­chos que derraman leche para sus cien millones de hijos! ¡Mira có­mo brilla de juventud, salud y amor!" Tal vez no era del todo extraño que el extranjero, al que se le pedía que mirara lo que se requería de siglos para producir, hubiera mirado al americano con indignación y perplejidad. "¡Oro! ¡Ciudades! ¡Trigales! ¡Nada de eso! ¡No veo sino inmensos baldíos donde hombres y mujeres enfermizos perecen de nostalgia o pierden la vida a manos de salvajes! ¡Serranías de mil mi­llas de largo, sin medio alguno de llegar a ellas y donde no se encuen­tra nada cuando se llega! ¡Pantanos y bosques ahogados en sus pro­pias putrefactas ruinas! ¡Ni esperanza alguna de nada mejor por un millar de años! ¡Lo que proclamas es un fraude y eres un mentiroso y un estafador!"

Al ser recibido en este ánimo, el americano, a medias perplejo y a medias desafiante, se vengaba llamando tonto y ridículo a su antago­nista y burlándose de sus curiosos modales. En cuanto a sí mismo po­co le importaba, pero su sueño era toda su existencia. Los hombres que lo denunciaban admitían que lo dejaban en su pantanoso bosque temblando de fiebre, pero aferrado en el delirio de la muerte a las ilu­siones de su cerebro deslumhrado. A ninguna clase de hombres se po­día pedir que sostuvieran sus convicciones con más constante fe, o pa­garan más devotamente con sus personas mismas los errores de su juicio. Fuera imaginación o fuera codicia lo que los llevaba a descri­bir más de lo que en realidad existía, no veían más de lo que cualquier inventor o descubridor tiene que haber visto para darle la energía ne­cesaria para alcanzar el éxito. Invitaban al rico tanto como al pobre: "¡Ven a compartir nuestros ilimitados tesoros! ¡Ven y ayúdanos a traer a la luz estos inconcebibles caudales de riqueza y poder!" Los pobres venían, y de ellos rara vez se oían quejas de desilusión o acusaciones de fraude. En un momento, por el mero contacto con la atmósfera moral, veían el oro y la pedrería, los trigales veraniegos y el deslum­brante continente. Los ricos por largo tiempo se mantuvieron aparte, escépticos. Eran demasiado tímidos y estrechos de miras; pero esto no era todo: entre ellos y el demócrata americano había un abismo.

El cargo de que los americanos eran demasiado aficionados al di­ñero para ganarse la confianza de los europeos era curiosamente in­coherente, pero ésta era una creencia común. Si el americano se en­gañaba a sí mismo y conducía a otros a su muerte por sus especula­ciones sin fundamento, si enterraba a quienes amaba en un lúgubre bosque donde temblaban y morían mientras él persistía en ver allí una ciudad espléndida, saludable, bien construida... nadie podía ne­gar que sacrificaba a esposa e hijos a su codicia, que el dólar era su dios, y la sórdida avaricia su demonio. Pero si ésta hubiera sido toda la verdad, ningún capitalista europeo habría vacilado un momento en sacar provecho pecuniario de su tumba; porque, avaricia contra avaricia, no existía en América tipo más sórdido y mezquino que el que podía verse en todas las lonjas de Europa. Los americanos po­drían haber sospechado con mayor razón que, en América, los ingle­ses encontraban en todas partes una silenciosa influencia que no en­contraban en ninguna parte de Europa y que no tenía nada que ver con la avaricia ni con el dólar sino que, por el contrario, parecía dis­puesta a sacrificar en cualquier momento el dólar en aras de una cau­sa y por un objetivo tan ilusorio que la mayoría de los ingleses no so­portaban oír hablar de él. Los viajeros europeos que pasaban por América notaban que, en todas partes, en la Casa Blanca, en Washing­ton, y en las cabanas de troncos más allá de los montes Allegany, con excepción de un puñado de federalistas, todo americano, desde Jefferson y Gallatin hasta el más pobre paracaidista, parecía acariciar la idea de que estaba contribuyendo, en la medida de sus posibilida­des, a derrocar la urania que en el pasado se había apoderado de la mente humana. Nada más fácil que reírse de las ridiculas expresio­nes de esta ingenua convicción, que protestar contra su simpleza o enfurecerse contra sus implícitos prejuicios; ver su lado más noble, sentir los latidos de un corazón bajo la sórdida superficie de una hu­manidad vulgar, no era tan fácil. Los europeos parecían rara vez o nunca conscientes de que dicho sentimiento pudiera tener un aspec­to más noble; descubrían motivos de queja únicamente al observar que cada demócrata americano creía que estaba trabajando para de­rrocar la tiranía, la aristocracia, el privilegio hereditario y el sacerdo­cio en dondequiera que existieran. Incluso cuando el americano no declaraba abiertamente esta convicción, llevaba consigo, en su vida diaria, tan densa atmósfera de dicho sentimiento, que daba a los eu­ropeos respetables una inquietante sensación de lejanía.

De todos los problemas históricos, la naturaleza de un carácter na­cional es el más difícil de resolver y el más importante. Los lectores se sentirán preocupados, en casi cada capítulo de la siguiente narra­ción, por la falta de alguna fórmula con la cual explicarse qué parte tenía la imaginación popular en el sistema seguido por el gobierno. Las acciones del pueblo americano durante los regímenes de Jeffer­son y Madison no fueron juzgadas en su época de ninguna otra ma­nera. En la medida en que los observadores creían que el carácter americano era duro, sórdido, y carente de ilusiones, eran severos e incluso ásperos en su juicio. Esta regla regía el criterio de los gobier­nos de Inglaterra y Francia. En Estados Unidos los federalistas, más conocedores de las circunstancias, atribuían con frecuencia al instin­to democrático una cualidad visionaria que consideraban sentimen­tal y a la que atribuían muchas malas consecuencias. Si su opinión era acertada, la historia no podría ocuparse en nada mejor que en averi­guar la naturaleza e investigar la fuerza de una cualidad a la que se culpaba de tan graves resultados; pero nada elude con mayor éxito la mirada del investigador que el espíritu de la democracia americana. Jefferson, su representante culto, hablaba principalmente en nombre del estado de Virginia, y tenía tal temor de su propia reputación de visionario, que rara vez o nunca expresaba completo su pensamien­to. Gallatin y Madison eran todavía más cautos. En ningún país podía la prensa dar forma a una condición mental tan nebulosa. El pueblo mismo, aunque consistiera en millones de personas, no habría podi­do expresar sus mejores instintos si lo hubiera intentado, y quizá no los habría reconocido expresados por otros.

En los primeros días de la colonización cada nuevo asentamiento representaba una idea y proclamaba una misión. Virginia fue funda­da por un gran movimiento liberal que se proponía extender a otras tierras la libertad y el imperio inglés. Los peregrinos de Plymouth, los puritanos de Boston, los cuáqueros de Pennsylvania, todos declara­ban un propósito moral, y comenzaron por crear instituciones que lo reflejaban conscientemente. Los colonos de 1800 no tenían tal carác­ter. Desde el lago Erie hasta la Florida, había una hilera larga y tupi­da de pioneros trabajando, talando bosques con la energía de otros tantos castores, y sin más propósito moral expreso que los castores a quienes expulsaban de ellos. La civilización que llevaban consigo ra­ra vez estaba iluminada por una idea; no buscaban sitio para ningu­na nueva verdad ni se proponían crear, como los puritanos, un go­bierno de santos ni, como los cuáqueros, uno de amor y paz; dejaban tras ellos tales experimentos y sólo se enfrentaban a los más duros problemas de la vida fronteriza. ¿Cómo sorprenderse de que los ob­servadores extranjeros, o incluso los americanos educados y próspe­ros de la costa, que pocas veces veían nada admirable en la ignoran­cia y brutalidad de los pioneros, declararan que habían dejado de guiar a Estados Unidos la virtud y la sabiduría? Lo que veían no era alentador. A una sociedad nueva, ignorante y semibárbara, una masa de demagogos insistía en aplicar todos los estímulos capaces de infla­mar sus peores apetitos, retirando al mismo tiempo toda la influen­cia que hasta entonces hubiera ayudado a controlar sus pasiones. El hambre de riqueza, la concupiscencia del poder, el anhelo del vacío de una libertad salvaje como la que disfrutaban los indios y los lobos, éstos eran los fuegos que ardían bajo la caldera de la sociedad ame­ricana, en la cual, como creían los conservadores, la antigua costra conservadora de la religión, el gobierno, la familia, e incluso el res­peto común por la edad, la educación y la experiencia, que tanto ha­bían comprobado su utilidad, se fundía rápidamente, estaba ya, en realidad, hecha añicos, y era desalojada violentamente por la masa hirviente de escoria que subía cada vez en mayor abundancia a la su­perficie.

Contra esta visión federalista y conservadora de las tendencias de­mocráticas los demócratas protestaban de mil maneras distintas, pe­ro nunca en forma alguna que los dejara satisfechos a todos o expli­cara por completo su carácter. Probablemente Jefferson es quien más se acercaba al blanco, porque representaba no sólo los prejuicios del estado de Virginia sino las esperanzas de la ciencia; pero los escritos de Jefferson pueden ser examinados cuidadosamente de principio a fin sin revelar toda la estatura del hombre, mucho menos del movi­miento. Una que otra vez en sus cartas deja caer, como por casualidad, palabras que revelan más grandiosas esperanzas, como cuando escri­bió, en 1815, en un momento de decaimiento: "Temo, por la expe­riencia de los últimos veinticinco años, que la. moral no necesariamen­te avanza de la mano de la ciencia." En 1800 en el calor del triunfo, creía que su tarea en el mundo era la de establecer una república de­mocrática, con las ciencias por campo intelectual, en la cual avanzara a la par de ellas el progreso físico y moral. Sin recurrir excesivamen­te a la introducción de ideas más recientes podría uno imaginárselo definiendo el progreso democrático, con la precisión algo afectada de su filosofía francesa, en los siguientes términos: "El progreso, o es físico, o es intelectual. Si podemos hacer que los hombres sean en pro­medio una pulgada más altos en la siguiente generación que en ésta; una pulgada más anchos de pecho; que su cerebro tenga una onza o más de peso, y su vida se alargue por un año o dos... eso es progre­so. Si de aquí a cincuenta años el hombre común argumenta invaria­blemente a partir de dos premisas cuya verdad sea segura, cuando ahora salta a su conclusión a partir de una sola supuesta verdad reve­lada. .. ¡eso es progreso! Yespero que se dé aquí, bajo nuestros estímu­los democráticos, en escala grandiosa, hasta que todo hombre tenga potencialmente el cuerpo de un atleta y la mente de un Aristóteles." A esta doctrina contestaba el habitante de Nueva Inglaterra: "¿Y qué harás con respecto al progreso moral?" Toda respuesta posible a esta pregunta abría un abismo. Sin duda Jefferson tenía fe en que los hom­bres mejorarían moralmente con el crecimiento físico e intelectual; pero no pensaba en otra mejoría moral que la que produjera la sola naturaleza. No podía tolerar ni un sacerdocio, ni una iglesia oficial, ni una religión revelada. Los conservadores, que no podían tolerar sociedad alguna desprovista de tales pilares del orden, tenían, desde su punto de vista, razón en contestar: "Dennos mejor el peor despo­tismo de Europa... allí cuando menos nuestras almas tendrán quizás una posibilidad de salvación." A sus ojos la virtud y el vicio no eran términos relativos sino fijos. La Iglesia, una institución divina. ¿Cómo podía esperar un barco llegar al puerto cuando su tripulación arro­jaba al mar velas, mástiles y brújula, arrancaba el timón y sólo pensa­ba todo el día en comer y beber? No; aun cuando el nuevo experi­mento tuviera éxito en un sentido mundano, ¿qué ganaría el hombre que ganara todo el mundo y perdiera su alma? El Señor Dios era un dios celoso, y castigaba los pecados de los padres en los hijos; y qué peor pecado podía concebirse que el unirse toda una nación a su je­fe en el extraño himno con el que Jefferson, nuevo y falso profeta, en­gañaba y traicionaba a su pueblo: "¡No me hace ningún mal que mi vecino diga que hay veinte dioses o ninguno!"

Sobre este terreno tomaban su posición de combate los conserva­dores, como habían hecho hasta entonces y con éxito en todas las cri­sis semejantes de la historia mundial, y, con los ojos fijos en sus pro­pios modelos morales, se negaban a tratar ya el tema como abierto a discusión. Los dos partidos estaban de pie, con la cara vuelta en di­recciones contrarias, sin posibilidad de ver ningún terreno común.

Y sin embargo ya entonces una parte del sistema social americano se estaba comprobando rica en resultados. El americano medio era más inteligente que el europeo medio, y cada año se volvía mental­mente más activo al tomarlo el nuevo movimiento social y arrojarlo a una vida constituida por experiencias más variadas. En todas partes la mente nacional estaba respondiendo a los estímulos. Deficiente co­mo era el americano en los recursos de la instrucción superior; aisla­do por la distancia, pobre, imposibilitado como estaba, por mucho que se esforzara, para adquirir los maestros, el capital, o siquiera los libros de texto que necesitaba para el justo desarrollo de sus facultades na­turales. .. su energía y ambición natural respondían ya a la espuela que se le aplicaba. Algunos de sus triunfos eran famosos en todo el mun­do, porque Benjamín Franklin había puesto muy alta la reputación de los impresores americanos, y el mismo presidente de Estados Unidos, que había firmado con Franklin el tratado de paz con Gran Bretaña, era hijo de un pequeño granjero y en su juventud había dirigido una escuela primaria. En ambos casos la aceptación por la sociedad siguió al éxito; pero los triunfos posteriores de la mente americana se iban volviendo cada vez más populares. John Fitch no era tan sólo uno de los más pobres, sino también uno de los yanquis menos educados que jamás se forjaran un nombre; no podía siquiera escribir con una orto­grafía medianamente aceptable, y su vida terminó como comenzó, en la más baja oscuridad social. Eli Whitney tenía más educación que Fitch, pero no tenía ni riqueza ni influencias sociales ni patrocinio al­guno que respaldara su ingenio. En el año 1800, Eli Terry, otro yanqui de Connecticut de la misma clase, empleó a dos jóvenes para que lo ayudaran a fabricar relojes de madera, y éste fue el capital con el que inició sus operaciones la mayor fábrica de relojes del mundo. En 1797, Asa Whittmore, un yanqui de Massachusetts, inventó una máquina pa­ra hacer cardas para cardar lana que "funcionaba como si tuviera un alma" y que fue el punto de partida de cien patentes posteriores. En 1790, Jacob Perkins, de Newburyport, inventó una máquina capaz de producir doscientos mil clavos diarios; y luego inventó un proceso pa­ra trasladar un grabado desde un diminuto cilindro de acero a una plancha de cobre, revolucionando el estampado de las telas de algo­dón. El viajero británico Weld, a su paso por Wilmington, se detuvo, como antes Liancourt, para contemplar los grandes molinos de hari­na del Brandywine. "Las mejoras", dijo, "que se han hecho a la maqui­naria de los molinos de harina en América son muy grandes. La prin­cipal de ellas consiste en una nueva aplicación de la rosca y en la introducción de lo que llaman elevadores, para los cuales tomaron evi­dentemente prestada la idea de las bombas de cadena." Ésta era inven­ción de Oliver Evans, nacido en Delaware, cuyos padres eran muy hu­mildes, pero que fue, a pesar de todas las desventajas posibles, un genio inventor de primer orden. Robert Fulton, que estuvo en París en 1800 con Joel Barlow, brotó de la misma fuente en Pennsylvania. John Stevens, nacido en Nueva York, pertenecía a una clase más privi­legiada, pero siguió los mismos impulsos. Todos estos hombres eran producto de la sociedad americana típica, todas sus invenciones da­ban al instinto democrático una forma práctica y tangible. ¿Quién se atrevería a decir que habría límite alguno de la fecundidad de esta fuente en ebullición? ¿Quién que sólo viera el aspecto estrecho, prác­tico, ávido de dinero de estas invenciones podría atreverse a afirmar que a medida que lograban sus fines y elevaban su nivel de vida de mi­llones, no elevarían también el poder creador de esos millones a un plano más alto? Si a los sacerdotes y nobles que firmaron la Carta Mag­na les hubieran dicho que en unos cuantos siglos cualquier cuidador de cerdos o aprendiz de zapatero escribiría o leería con una facilidad de la que pocos reyes podían entonces presumir, y razonar con una ló­gica más eficaz de la que se practicaba entonces en cualquier univer­sidad, noble y sacerdote se habrían mostrado más incrédulos que cual­quier hombre a quien en 1800 se le dijera que en otros cinco siglos el labriego iría a los campos silbando una sonata de Beethoven, y calcu­larían en varias cifras la distancia entre sus surcos. El demócrata ame­ricano sabía tan poco respecto del arte que no podía entonces alentar entre sus ilusiones populares ninguna ambición artística; pero los di­rigentes como Jefferson, Gallatin y Barlow podían sin extravagancia confiar en que llegaría un tiempo en que la difusión de la comida y la educación pondría a las masas en contacto familiar con las formas más altas del desarrollo humano, y su vasta potencia creadora, dedi­cada a una cultura más noble, podría alcanzar el alto nivel de ese ge­nio democrático que había encontrado su expresión en el Partenón; podría regocijarse en los deleites de un nuevo Miguel Ángel y más ri­co Ticiano; podría crear para quinientos millones de personas la América del arte y el pensamiento que era la única capaz de satisfa­cer su omnívora ambición.

Tomarán o no tal forma las ilusiones, tan frecuentemente conce­didas y tan frecuentemente negadas al pueblo americano, éstos eran de hecho los problemas a los que entonces se enfrentaba la sociedad

americana: ¿Sería capaz de transmutar su poder social en formas más altas de pensamiento? ¿Sería capaz de proveer lo necesario para sa­tisfacer las necesidades morales e intelectuales de la humanidad? ¿De adoptar una forma política permanente? ¿De dar nueva vida a la reli­gión y al arte? ¿Sería capaz de crear y sostener en la masa de la huma­nidad hábitos mentales que hasta entonces habían pertenecido exclu­sivamente a los hombres de ciencia? ¿Podría desarrollar físicamente el cerebro humano? ¿Era capaz de producir, o le era siquiera compa­tible, la diferenciación de una más alta variedad de la raza humana? Nada menos que esto era indispensable para su completo éxito.