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Isabel Fraire - Margaret Fuller
Margaret Fuller

MARGARET FULLER

 

Margaret Fuller nació en el año 1810 en Cambridgeport, Massachusetts. Su padre era un hombre culto y tomó por su cuenta la educación de la niña que, a los quince años, dominaba el francés y el italiano así como el griego y el la­tín, y tenía ya una amplia cultura literaria y conocimientos de filosofía. Edu­cada dentro de un moralismo estricto y con un sentido de responsabilidad y aspiraciones intelectuales poco comunes, era inevitable que cayera bajo el in­flujo de Emerson y formara parte del grupo de los "trascendentalistas".

Aunque sus primeros escritos fueron de crítica literaria, y se distinguió co­mo directora de la revista The Dial,, que sirvió de tribuna a los trascendenta­listas, más tarde comenzó a ejercer el periodismo y esta actividad la hizo tomar contacto con problemas sociales que pronto la apasionaron. Son no­tables sus reportajes sobre las cárceles y la prostitución, y los artículos en que examina los problemas de la mujer en una sociedad que la trata como ser in­ferior.

En la segunda mitad del siglo xix la lucha en contra de la esclavitud, mo­vimiento en el cual participaban activamente muchas mujeres, había llevado a éstas a darse cuenta de su propia servidumbre, a comenzar a cuestionarla, y a luchar con igual vehemencia por sus propios derechos. Margaret Fuller es una de las más inteligentes expositoras del problema y una de las pione­ras del feminismo, movimiento que tenía importantes antecedentes en Esta­dos Unidos desde la época de la Independencia, puesto que Tom Paine, con su habitual lucidez y elocuencia, había tratado el tema.

En 1846, ya ampliamente reconocida como ensayista, periodista y confe­rencista, tuvo la oportunidad de hacer un largo viaje a Europa, donde cono­ció, no sólo a Carlyle y a Wordsworth, sino a George Sand y a importantes miembros del movimiento revolucionario italiano. Sus viajes la llevaron a Ita­lia donde fue testigo de la lucha por la unificación nacional y envió reporta­jes de primera mano a su periódico en Estados Unidos.

Enamorada de un joven marqués italiano que luchaba con las fuerzas de Garibaldi se casó con él en secreto y tuvo un hijo. El matrimonio jamás fue reconocido por la familia de su marido. En esta época, difícil pero induda­blemente satisfactoria, Margaret repartía sus energías y su tiempo entre la la­bor periodística, el cuidado de los heridos durante el bombardeo de Roma


y el enfrentamiento con las fuerzas francesas, ocasionales visitas a su hijo que había dejado con una nodriza en una aldea cercana, y entrevistas igualmen­te ocasionales con su marido que, como oficial del ejército de Garibaldi, par­ticipaba en la defensa de Roma.

Después de la derrota de Garibaldi y la evacuación de Roma, de la nega­tiva de la familia del esposo a reconocer sus relaciones y apoyar a la pareja, de la decepción ocasionada por el fracaso transitorio de los ideales políticos que había adoptado, Margaret Fuller decidió, en 1850, embarcarse con su marido y su hijo para regresar a Estados Unidos, donde esperaba encontrar trabajo y amistades, y posibilidades de una vida mejor. El plan tuvo un desen­lace trágico. Como en una mala novela romántica el barco naufragó a la vis­ta de la costa norteamericana y los miembros de esta insólita familia perecie­ron en las aguas del Atlántico.

Posteriormente alguna de sus amistades comentó que esto era, quizá, lo mejor que pudo haberle sucedido, ya que las ideas "revolucionarias" de Mar­garet Fuller, su alianza -de la cual no se sabía a ciencia cierta si era "legíti­ma" o no- con un extranjero, y la pobreza de ambos, le habrían hecho la vi­da sumamente difícil en Estados Unidos, donde se veía con malos ojos la Revolución italiana, se sospechaba de los extranjeros, y se exigía un estricto apego a las reglas aceptadas por la sociedad en todo lo relativo a relaciones sexuales y establecimientos familiares.

La obra de Margaret Fuller, escrita originalmente para periódicos y revis­tas, adolece de los defectos del género: un descuido estilístico, una falta de rigor en la estructura, que vuelve imperativo presentarla sólo en fragmentos. Sin embargo ella no presumía de perfección formal ni era su propósito pri­mariamente estético, sino fundamentalmente crítico y testimonial. Se de­dicaba a pensar sobre hechos concretos que tenía a la vista, a razonar sobre situaciones que le parecían de candente importancia, y a expresarse clara y convincentemente. Estos fines los cumple a la perfección. 

[textos diversos] 

Sobre la literatura norteamericana

 

Algunos pensadores podrán objetar a este ensayo que nos propone­mos escribir sobre algo que no existe todavía.

Porque no se sigue del que haya muchos libros escritos por perso­nas nacidas en América que haya una literatura americana. Libros que imitan o representan el pensamiento y la vida de Europa no cons­tituyen una literatura americana. Antes de que pueda existir tal cosa debe animar a esta nación una idea original y corrientes frescas de vi­da deben llamar a la vida pensamientos frescos en sus costas.

No tenemos ninguna simpatía con la vanidad nacional. No esta­mos ansiosos de comprobar que hay ya mucha literatura americana. Tampoco sentimos impaciencia con quienes entre nosostros piensan y escriben con los métodos de Europa y tienen pensamientos euro­peos, si todavía sus mentes se adaptan mejor a tales alimentos y a tal actividad. Si sus libros expresan la vida mental y el carácter en formas agraciadas, son buenos y nos placen. Los consideramos como colo­nos y preceptores útiles para nuestro pueblo en un estado de transi­ción; estado que por fuerza dura algo más del tiempo necesario pa­ra atravesar corporalmente el océano que separa el Viejo del Nuevo mundo.

Se nos ha acusado de una indebida afición por la literatura euro­pea continental, y es cierto que en la infancia casi habíamos "olvida­do nuestro inglés" y leíamos constantemente en otras lenguas. De to­das formas, lo que amábamos en la literatura continental era la variedad y la fuerza de la manifestación ideal en formas de grandeza nacional e individual. Teníamos ante nosotros un modelo en los gran­des laúnos de mente sencilla y viril que se apoderaban de la vida con una fuerza aún no quebrantada. En ellos era muy notoria la estampa tanto de su nacionalidad como de su individualidad; sus vidas y pen­samientos se destacaban en relieve claro y atrevido. El carácter inglés tiene la fuerza férrea de los laúnos, pero no su franqueza y poder ex­pansivo. Ellos, como sus frutos, necesitan un cielo veraniego para dar­les mayor dulzura y un sabor más rico. Esto no se aplica a Shakespea­re, que tiene en sí todo lo mejor del genio inglés junto con el rico colorido, la más fluida vida, de los países católicos. Otros poetas, in­gleses también, son más o menos expansivos, y alzan con frecuencia el vuelo para buscar el cielo azul; pero, tomada en su conjunto, hay en la literatura inglesa, como en el carácter inglés, una reminiscen­cia de paredes y techos, una tendencia a lo arbitrario y convencional que repele a una mente educada en la admiración del espíritu anti­guo. Sólo últimamente estamos aprendiendo a valorar la peculiar grandeza que compensa mil veces este defecto, y que ha permitido al genio inglés salir de su posición insular y conquistar vastos dominios tanto en los reinos materiales como en los del espíritu.

Y sin embargo hay con frecuencia, entre el hijo y el padre, una reac­ción al exceso de influencia, y esta reacción es la que hemos vivido, por nuestro país, contra Inglaterra. Usamos su idioma y recibimos, a torrentes, la influencia de su pensamiento, y sin embargo éste es en muchos aspectos antipático y perjudicial para nuestra constitución. Lo adecuado para Inglaterra, con su posición insular y consiguiente necesidad de concentrar e intensificar su vida, su limitada monarquía y espíritu comerciante, no es lo apropiado para una raza mixta, que se enriquece continuamente con sangre nueva proveniente de cepas de lo más desemejantes de la de nuestra primera antecesora, con cam­po suficiente para vagar a sus anchas y dejar en libertad todos sus im­pulsos, y abundantes oportunidades para desarrollar un genio ancho y profundo como nuesnos ríos, florido, fértil y apasionado como nues­tras vastas praderas, enraizado en la fuerza como las rocas en que de­sembarcaron nuestros padres puritanos.

En que semejante genio ha de alzarse y trabajar en este hemisfe­rio tenemos plena confianza; sabemos también que apenas se distin­guen sobre el horizonte los primeros débiles trazos de la aurora de semejante día. Es triste para quienes lo prevén saber que tal vez no vi­virán para compartir su gloria, pero también es dulce saber que cada acto y palabra pronunciado o realizado a la luz de dicha previsión puede contribuir a apresurar y ennoblecer su advenimiento.

Ese día no llegará mientras no se vuelva más completa la fusión de las razas en nosotros. No llegará mientras esta nación no alcance un nivel suficiente de dignidad moral e intelectual como para apreciar la libertad moral e intelectual y no sólo la política; no llegará mien­tras no veamos la época en que, habiéndose explorado los recursos físicos del país, poblado todas sus regiones, surcado su suelo por el arado y comunicado en todas direcciones por una red de vías férreas y líneas telegráficas, el talento quede en libertad y tenga ocio para vol­ver sus energías hacia los ámbitos más altos de la existencia humana. Ni aun entonces se verá, sino cuando, del alma tranquila y anhelante de esa más madura época, nazcan ideas nacionales, ansiosas de ves­tirse en mil formas frescas y originales.

Sin tales ideas todo intento de construir una literatura nacional ha de terminar en abortos semejantes al monstruo de Frankenstein, co­sas dotadas de forma, y con los instintos de la forma, pero sin alma, y por lo tanto repugnantes. No podemos tener expresión mientras no haya que expresar.

Se pueden ver los síntomas de semejante parto en la añoranza que se siente aquí y allí de lo que puede sustentar a semejantes ideas. Ac­tualmente se revela, allí donde es sentida, en la simpatía con el tono prevaleciente de la sociedad expresada en intentos de acción exter­na como los que se clasifican bajo la categoría de reforma social. Pe­ro necesita ir más a fondo antes de que podamos tener poetas, nece­sita penetrar por debajo de las fuentes de la acción para remover y rehacer el suelo como por la acción del fuego.

Otro síntoma es la necesidad que sienten los individuos de ser has­ta rigurosamente sinceros. Este es el único gran medio por el cual se puede promover esencialmente el progreso. La verdad es la nodriza del genio. Ningún hombre puede ser absolutamente fiel a sí mismo, renunciando a la retórica abstracta, vacía y pretenciosa, a las conce­siones, a las imitaciones serviles, a la complacencia en sí mismo, sin volverse original, porque hay en toda criatura una fuente de vida que, si no es ahogada por las piedras y demás basura muerta, creará una atmósfera fresca y traerá a la vida belleza fresca. Y lo mismo vale para la nación que para el hombre individual.

La mejor obra que hacemos para el futuro la hacemos gracias a tal veracidad. Mediante ella, de cualquier modo que la usemos, se re­mueve la tierra y abre al sol y al aire. Los vientos llegados de todos los confines del mundo traen semilla suficiente, y nada falta más que la preparación del suelo y la libertad del ambiente para que madure una nueva y dorada cosecha.

Nos da tristeza saber que no podremos estar presentes cuando se levante esta cosecha. Y sin embargo nos regocijamos al pensar que, aunque nuestro nombre no quede escrito en el pilar de la fama de nuestra patria, podemos en realidad hacer mucho más por levantar­lo que quienes llegarán en un periodo posterior a realizar una tarea en apariencia más hermosa. Ahora el más humilde esfuerzo que se haga con nobleza de espíritu y esperanza religiosa no puede dejar de ser infinitamente útil. Ya sea que introduzcamos algún modelo noble tomado de otro tiempo y otro clima para alentar las aspiraciones del nuestro, o mediante vítores y aplausos alentemos a florecer la más hu­milde flor silvestre que jamás haya surgido de la tierra, movida de un genuino impulso a crecer independientemente de las seducciones del dinero y la celebridad; o bien que hablemos con atrevimiento

cuando el temor o la duda hacen callar a otros, o nos neguemos a hin­char el coro de alabanzas cuando la ocasión resulta indigna, el espí­ritu de la verdad, adorado con pureza de corazón, convertirá en ga­nancia por igual nuestros actos y reticencias, informándolos de oráculos que bendecirán tiempos posteriores.

En las circunstancias actuales la cantidad de talento y trabajo que se dedican a la literatura debería sorprendernos. La literatura se ha­lla en un estado nebuloso, luchando por abrirse paso, y sus resulta­dos pecuniarios son dignos de lástima. Debido a muchas causas de to­dos conocidas resulta imposible para noventa y nueve de cada cien que desean usar la pluma, obtener con ella el rescate del tiempo que necesitan dedicarle. De alguna forma tiene que cambiar esta situa­ción. Ningún hombre de genio escribe por dinero, pero es indispen­sable, para que uúlice libremente su capacidad y talento, que pueda desembarazar su vida de las preocupaciones y apuros económicos. Es­to es muy difícil aquí; y la situación empeora cada vez más, al irse ofre­ciendo cada vez menos en pago de obras que exigen una gran devo­ción de tiempo y esfuerzo (para no hablar del éter consumido); y el editor, obligado a considerar la transacción con el autor como un ne­gocio comercial, le exige que le entregue sólo lo que encontrará un mercado inmediato, porque no puede darse el lujo de aceptar otra cosa. ¡Esto no puede ser! Cuando el poeta inmortal no tenía la segu­ridad sino de unos cuantos copistas para la circulación de su obra, ha­bía príncipes y nobles que patrocinaban la literatura y las artes. Aquí no hay sino el público, y el público debe aprender a apreciar las plan­tas más nobles y raras, y plantar el áloe, y ser capaz de esperar cien años a que florezca, o de lo contrario pronto no tendrá otra cosa que papas y yerbajos de cocina. 

[...] 

Sobre la condición de la mujer

A medida que se entiende mejor el principio de la libertad y se inter­preta con mayor nobleza, se levanta una protesta más amplia en fa­vor de la Mujer. Al darse cuenta de cuan pocos hombres han tenido oportunidadesjustas, los hombres se inclinan a afirmar que ninguna mujer las ha tenido. La Revolución francesa, ese ángel tan extraña­mente disfrazado, levantó su testimonio en favor de la Mujer, pero interpretó sus derechos en forma no menos ignorante que los del Hombre. Su idea de la felicidad no pasaba del goce externo, sin el obs­táculo fie la tiranía de los otros. El título que otorgaba era "ciudadano", "ciudadana"... y no carece de importancia que se le haya concedido al menos esta especie de igualdad a la Mujer. El derecho que enton­ces otorgaba ese título al ser humano era el de derramar la sangre y dedicarse al libertinaje. La Diosa de la Libertad era impura. Cuando leemos el poema que le dirigió, no hace mucho, Béranger, apenas po­demos evitar derramar lágrimas tan dolorosas como las de sangre que fluían cuando "se cometían tales crímenes en su nombre". ¡Sí! El Hombre, nacido para purificar y animar lo carente de inteligencia y lo frío, puede, en su locura, degradar y contaminar hasta lo hermo­so y lo casto. Sin embargo se profetizaron verdades en los delirios de esa horrible fiebre, nacida de una larga ignorancia y maltrato. Euro­pa está aprendiendo una lección valiosa en esa página manchada de sangre. Las mismas tendencias, más plenamente desarrolladas, darán buenos frutos en este país.

Sin embargo los hombres de nuestro propio país, como los judíos cuando Moisés los conducía a la tierra prometida, han hecho todo lo que la depravación heredada podía hacer por impedir que se cumplie­ra la promesa del Cielo. Aquí, como en otras partes, la cruz ha sido plantada sólo para recibir las blasfemias del fraude y la crueldad. El nombre del Príncipe de la Paz ha sido profanado por todos tipos de injusticia para los gentiles a quienes dijo que había venido a salvar. Pe­ro no necesito hablar de lo que se ha hecho al Hombre Rojo, al Hom­bre Negro. Esos actos son objeto del desprecio y la burla del mundo, y han sido acompañados por palabras tan (hipócritamente) piadosas que el más amable e indulgente de los hombres no sabría interceder diciendo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen."

Aquí, como en otras partes, la ganancia de la creación consiste siempre en el crecimiento de mentes individuales que viven y aspiran como brotan las flores y cantan los pájaros en medio de la maleza, y en el continuo desarrollo de ese pensamiento, el pensamiento del destino humano, que corresponde a la eternidad expresar adecuada­mente y que siglos de fracaso sólo en apariencia impiden. Sólo en apa­riencia; aunque parezca lo contrario, este país está destinado con tan­ta seguridad a ilustrar una gran ley moral como Europa lo fue a promover la cultura mental del Hombre.

Aunque la independencia nacional esté manchada por el servilis­mo de los individuos; aunque la libertad y la igualdad se hayan pro­clamado sólo para dar lugar al monstruoso despliegue del comercio y posesión de esclavos; aunque el americano tan frecuentemente só­lo se sienta libre, como el romano, para satisfacer sus apetitos y su in­dolencia a costa de la miseria de sus semejantes; de todas formas no es vano que se hayan dicho estas palabras: "Todos los hombres han nacido libres e iguales." Hela allí, una dorada certidumbre, sirviendo para alentar a los buenos y poner en vergüenza a los malos. El Nue­vo Mundo puede estar llamado a percibir con claridad que merece la pena máxima si rechaza u oprime a su hermano desgraciado. Aun­que los hombres sean sordos, los ángeles oyen. Pero los hombres no pueden ser sordos. Es inevitable que una libertad externa, una inde­pendencia de los abusos de otros hombres como la que se ha logra­do para esta nación, lleguen a serlo también para cada miembro de ella. Lo que una vez ha sido claramente concebido por la inteligen­cia no puede menos que realizarse, tarde o temprano, en actos. 

... Hemos esperado largo tiempo en el polvo; estamos cansados y hambrientos; pero ha de aparecer al fin la procesión triunfal. De to­das sus banderas, ninguna ha sido sostenida con mayor constancia, o inspirado mayor valor y voluntad de hacer verdaderos sacrificios, que la causa del africano esclavizado. Y son sus defensores quienes, en par­te por llevar sus principios a su conclusión lógica, en parte porque muchas mujeres se han destacado en esa lucha, quienes defienden actualmente con mayor calor la causa de la Mujer.

Aunque se percibe una creciente liberalidad con respecto al tema, la sociedad en general no está tan preparada para recibir favorable­mente tales demandas como para que sus proponentes no sean con­siderados con frialdad, durante algún tiempo, como los jacobinos de su época.

"¿No les basta", exclama el comerciante irritado, "con haber he­cho todo lo posible por romper la unión nacional y destruir así la prosperidad de nuestro país, sino que ahora tratan de romper la unión de la familia, separar a mi esposa de la cuna y sacarla de la co­cina para llevarla a votar y a predicar desde los pulpitos? Es obvio que, si hace tales cosas, no puede ocuparse de las que pertenecen a su pro­pia esfera. Bastante contenta está. ¡Tiene más ocio que yo; todo lo que necesita para mejorarse; toda posible indulgencia!"

"¿Le has preguntado a ella si está satisfecha con estas indulgencias?"

"No, pero sé que lo está. Es demasiado amable para desear lo que había de hacerme infeliz, demasiado juiciosa para querer salirse de la esfera de su sexo. Jamás consentiré que se inquiete nuestra paz con tales discusiones."

"¿Consentir?No es tu consentimiento el que se pide; sino el asenti­miento de tu mujer."

"¿No soy acaso el jefe de mi familia? ¿La cabeza de mi hogar?"

"No eres la cabeza de tu mujer, Dios le ha dado una mente propia."

"Yo soy la cabeza, y ella el corazón."

"¡Dios quiere entonces que sean fieles el uno al otro! Supongo que debe agradecerse que no haya dicho que es sólo la mano. Pero si la cabeza no reprime ningún impulso natural del corazón, no puede caber duda de que darás tu consentimiento. Ambos serán de la mis­ma opinión, y bastará con preguntar para obtener una respuesta com­pleta y verdadera. No hay necesidad, pues, de precaución, ni de in­dulgencia ni de consentimiento. Pero nos preguntamos si el corazón siente, efectivamente, al unísono con la cabeza o si sólo obedece sus decretos con pasividad que impide el ejercicio de sus propias poten­cias naturales, con una repugnancia que convierte en amargas las cua­lidades dulces, con dudas que dejan estériles, desperdiciadas, las be­llas ocasiones de la vida. Es para averiguar la verdad que proponemos algunas medidas liberadoras."

Es con esta vaguedad que se proponen y discuten actualmente ta­les cuestiones. Pero el hecho de que se propongan siquiera implica que se han meditado mucho y sugiere que se seguirá pensando sobre ellas. Muchas mujeres están considerando para sus adentros qué es lo que necesitan y no tienen, y qué es lo que pueden obtener si des­cubren que lo necesitan. Muchos hombres están preguntándose si las mujeres son capaces de ser y tener más de lo que ahora son y tienen, y si, en ese caso, no será preferible consentir en que se mejore su con­dición.

 

[.-•]

Muy lógico resulta que sea el partido antiesclavista el que defienda a la Mujer, si consideramos tan sólo que no posee propiedad en igua­les condiciones que los hombres, de manera que, si un marido mue­re sin hacer testamento, la esposa, en lugar de ocupar su sitio como cabeza de la familia, hereda sólo una parte de su fortuna -que con frecuencia aportó ella misma- como si se tratara de un niño o pupi­lo únicamente, y no de un socio con iguales derechos.

No hablaremos de los innumerables casos en que hombres despil­farrados y ociosos viven de lo que ganan sus esposas industriosas, y, si las esposas los abandonan, llevándose a sus hijos, para cumplir el doble deber de madre y padre, las siguen de lugar en lugar, amena­zándolas con robarles a sus hijos si los privan de sus derechos mari­tales, como los llaman, y se plantan en sus pobres habitaciones asus­tándolas y obligándolas a pagarles su tributo por miedo a que les quiten a los hijos, y se endeudan a expensas de estas ilotas sobreex-plotadas. 

[...]

Pero no quiero hablar de "casos atroces" salvo por vía de ilustración, ni exigiría yo a los hombres reparaciones parciales que afectarían un solo aspecto, sino que iría a la raíz de toda la situación. Si se pudie­ran fijar los principios, los detalles se ajustarían por sí mismos. Averi­guad el verdadero destino de la Mujer, dadle legítimas esperanzas y un código moral interno, el matrimonio y todas las demás relaciones se armonizarán gradualmente con ellos.

Pero volvamos al tema del progreso histórico del asunto. Sabien­do que los hombres tienen una acütud mental hacia las mujeres pa­recida a la que tendrían si se tratara de esclavos -actitud expresada claramente en la frase coloquial "Cuéntales eso a las mujeres y a los niños"- que según ellos el alma infinita sólo puede trabajar a través de ellas dentro de límites ya verificados; que, según los hombres, el don de la razón, la más alta prerrogativa del hombre, se les ha dado a las mujeres en un grado muy inferior, y hay que alejarlas del mal y la melancolía ocupándolas continuamente en tareas acúvas, que de­ben asignarles y dirigir quienes son más capaces que ellas de pensar, etc. ... y no necesitamos multiplicar los ejemplos, porque ¿quién pue­de repasar sus experiencias de la última semana sin recordar palabras que implican, sea en broma o en serio, dichas opiniones, u otras se­mejantes? Sabiendo todo esto, ¿cómo sorprenderse de que muchos reformadores piensen que es poco probable que se tomen medidas en favor de las mujeres mientras sus deseos no puedan ser represen­tados en el Congreso por mujeres?

"¡Esojamás será necesario!" grita el otro bando. "En todos los hom­bres influyen privadamente las mujeres; todos úenen una esposa, una hermana, una amiga, y están demasiado predispuestos por estas rela­ciones para dejar de representar como es debido sus intereses; y, si eso no bastara, las mujeres pueden proponer y hacer cumplir sus de­seos con la pluma. Destruiría la belleza del hogar, violentaría la deli­cadeza de su sexo, degradaría la dignidad de las salas del Congreso cualquier intento de introducirlas allí. ¡Tales deberes son incompati­bles con la maternidad!" Yluego nos presentan caricaturas repugnan­tes y ridiculas de damas histéricas en las casetas de votación, y cáma­ras legislativas llenas de cunas.

Pero si, al responder, admitimos que la Mujer parece destinada por la Naturaleza al círculo íntimo u hogareño, debemos añadir que las disposiciones de la vida civilizada no han sido, hasta ahora, muy indi­cadas para que goce de ellas en paz y tranquilidad. Su círculo, si bien es más aburrido, no por ello es más tranquilo. Si bien se la aparta del ajetreo y la "agitación" excesiva, no se la aparta del trabajo rutinario y pesado. No sólo la mujer indígena lleva sobre los hombros las car­gas de los hombres, sino que las favoritas de Luis XIV lo acompaña­ban en sus ajetreados viajes, y la lavandera trabaja de pie junto a su ti­na, y carga la ropa que ha de lavar en su propia casa en todas las estaciones del año y en cualquier estado de salud en que se encuen­tre. Los mismos que piensan que la condición física de la mujer es un impedimento para su participación en los asuntos del gobierno no ven imposibilidad alguna en que las negras soporten el trabajo en ple­no campo, incluso cuando están embarazadas, o que las costureras resistan año tras año sus mortales jornadas de trabajo.

En cuanto al uso de la pluma, había tantas oposiciones a que la Mujer se posesionara de ese medio de adquirir su libertad como la que hay actualmente para que se posesione de un estrado o de un es­critorio; y es probable que, del permiso de defender su causa de esa forma, saque conclusiones opuestas a las deseadas por quienes se lo conceden.

En cuanto a su capacidad para ocupar cualquiera de dichos pues­tos con gracia y dignidad, creemos que quienes han visto a las gran­des actrices y escuchado a las predicadoras cuáqueras de nuestro tiem­po no dudarán de que la Mujer puede expresar públicamente la plenitud del pensamiento y de la creación sin perder nada de la pe­culiar belleza de su sexo. Lo que podría contaminar y deslucirlo es hacerlo por cualquier motivo si no es necesario decir o hacer algo. La mujer tomaba parte en las procesiones, los cantos, las danzas de la antigua religión. Nadie se imaginaba entonces que aparecer en pú­blico por semejantes causas menoscabara su delicadeza.

En cuanto a su hogar, no es probable que lo dejara con mayor fre­cuencia que ahora, cuando lo abandona con motivo de bailes, fun­ciones de teatro, reuniones para promover las misiones, oficios reli­giosos, y demás ocasiones que aprovecha volando con la esperanza de dar a su existencia una animación comparable a aquella de la cual ve que gozan los hombres. Las gobernadoras de ferias y bazares femeni­nos no están menos absortas en sus responsabilidades que el gober­nador de un estado con las suyas; las presidentas de sociedades wash-ingtonianas no están menos tiempo fuera de sus casas que los presidentes de las convenciones políticas. Si los hombres miran el asunto de frente y consideran las cosas con honradez verán que, mientras sus propias vidas no sean domésticas, las de sus mujeres tam­poco lo serán. Una casa no es un hogar mientras no contenga alimen­to y calor para la mente y no sólo para el cuerpo. La griega de nues­tros días anda por la calle tanto como el griego, preguntando como él: "¿Qué hay de nuevo?" No dudamos de que haya sucedido lo mis­mo en la antigua Atenas. Las mujeres, excluidas del agora, se com­pensaban asistiendo a los festivales religiosos. Porque los seres huma­nos no están constituidos de tal manera que puedan vivir sin explayarse. Y si no lo logran de una forma, tienen que lograrlo de otra o morir.

En cuanto a que los hombres representen adecuadamente las de­mandas y derechos de las mujeres en el Congreso, mientras oigamos a hombres que deben a sus mujeres, no sólo todo lo que es cómodo y gracioso, sino también todo lo que es sabio en la organización de sus vidas, decir con frecuencia: "No se puede razonar con una mu­jer"; mientras que de los labios de la delicadeza, la nobleza y la cultu­ra poética caiga despectivamente la frase: "mujeres y niños"... y no en una salida intempestiva, pronunciada a la ligera, sino en obras que se proponen fijar en forma permanente lo mejor de la experiencia; mientras que ni un hombre en un millón, no, ni en cien millones, pueda elevarse por encima de la creencia de que la Mujer fue hecha para el Hombre; cuando estas cosas se imponen diariamente a nues­tra atención... ¿podemos sentir que el Hombre hará siempre justicia a los intereses de la Mujer? ¿Podemos pensar que su perspectiva es lo bastante clara y perspicaz, que considera con el suficiente respeto su función y su destino como para hacerle jamás justicia, salvo cuando lo mueve una emoción que es accidental o transitoria, puesto que el sentimiento variará de acuerdo con la relación en que se encuentre colocado? El amante, el poeta, el artista, probablemente considera­rán a la mujer con nobleza. El padre y el filósofo quizá puedan juz­gar con liberalidad. El hombre de mundo, el legislador que mira sólo la conveniencia, no.

En estas circunstancias, sin dar importancia, en sí mismos, a los cam­bios pedidos por los campeones de la Mujer, los saludamos como se­ñales que anuncian nuevos tiempos. Queremos ver derrocada toda ba­rrera arbitraria. Queremos que todos los caminos se le abran a la Mujer con tanta libertad como al Hombre. Si se hiciera esto, y se de­jara amainar la consecuente fermentación transitoria, veríamos crista­lizaciones más puras y de mas variada belleza. Creemos que la energía divina se difundiría por toda la naturaleza en un grado desconocido para la historia de las edades anteriores y que no habría luego ningún choque discordante, sino una hermosa armonía de las esferas.

Y sin embargo sólo estará madura la humanidad para esto cuando la libertad interior y exterior, tanto para la Mujer como para el Hom­bre, se reconozcan como un derecho, y no se otorguen como una con­cesión. Así como el amigo del negro da por supuesto que un hombre no puede dar por derecho tener a otro esclavizado, así también el amigo de la Mujer debe dar por supuesto que el Hombre no puede por derecho infligir a la Mujer ni siquiera restricciones bien intencio­nadas. Si el negro es un alma, si la mujer es un alma, revestida de car­ne, a un solo Amo deben cuentas. Hay una sola ley para las almas y, si ha de haber un intérprete, éste debe venir no como hombre ni como hijo del hombre, sino como hijo de Dios.

Si los pensamientos y sentimientos humanos se elevaran tanto al­guna vez que el Hombre se estimara a sí mismo hermano y amigo, pe­ro de ninguna manera señor y tutor de la Mujer, si estuviera realmen­te ligado a ella en adoración igual, las leyes respecto de la función y el empleo carecerían de importancia. Lo que la Mujer necesita no es actuar o gobernar como mujer, sino como naturaleza; crecer en cuan­to intelecto; discernir en cuanto alma; vivir libre y sin impedimentos para desarrollar las potencias o talentos que le fueron dados cuando salimos de nuestro común hogar. Supongamos que le hubiera sido dado un número menor de talentos; si se le permite el libre y pleno empleo de éstos, y puede devolverlos al Donante con intereses, no se quejará, no, me atrevo a decir que se regocijará de haber nacido, y bendecirá su destino sobre la tierra. 

Sobre El americano en Europa

El americano en Europa, si es un hombre pensante, sólo puede vol­verse más americano. En algunos aspectos es un gran placer estar aquí. Aunque tenemos una existencia política independiente nuestra posición respecto de Europa, en cuanto al arte y la literatura, sigue siendo la de una colonia, y uno siente aquí la misma alegría del colo­no que regresa al hogar de sus padres. Lo que antes era tan sólo ima­gen se convierte en realidad; las oscuras alusiones y derivaciones re­motas dejan de inquietar: vemos la trama del tejido, y entendemos el conjunto del tapiz. Se aclaran gradualmente muchos puntos antes du­dosos y se descartan muchas burdas fantasías e ideas sin fundamen­to. Hasta el paso a toda prisa del hombre de negocios americano por las grandes ciudades, escoltado por guías estafadores e ignorantes ayudantes de cámara, incapaz de conversar con los nativos del país, y pasando todas sus horas de ocio con sus compatriotas, que no saben más que él, desembaraza su mente de algunos errores, dispersa algu­nas brumas de su horizonte.

Hay tres clases. Primero, el americano servil, un ser enteramente superficial, carente de pensamientos, de valor. El viene al extranjero a gastar su dinero y satisfacer sus gustos. Su objeto en Europa es com­prar ropa de moda, gozar de la buena cocina extranjera, conocer a algunas personas con títulos de nobleza, y proveerse de chismes de café que le servirán, cuando los cuente a otros menos viajados y tan poco informados como él mismo, para aumentar su importancia cuando regrese a casa. Considero a esta clase con un desprecio inde­cible. Tiene todos los prejuicios y tan pocos pensamientos como las clases exclusivistas de Europa, sin un ápice de su refinamiento, ni del sentimiento caballeroso que todavía brilla ocasionalmente entre ellas. Sin embargo, aunque estos siervos voluntarios en una edad li­bre hacen actualmente algún daño y ocasionan algunas molestias, no pueden durar por mucho tiempo; nuestro país está destinado a una existencia grande, independiente, y, al irse desarrollando sus leyes, estos parásitos de una época pasada tendrán que marchitarse y des­prenderse de la rama.

Luego tenemos al americano pagado de sí mismo, instintivamen­te engreído y orgulloso de... no sabe de qué. El no ve que la historia secular de la Humanidad probablemente ha producido resultados que se requiere algún entrenamiento, alguna devoción para apreciar y aprovechar. Con sus torpes manos, sólo aptas para manejar la má­quina de vapor, toma violentamente el viejo violín de Cremona, lo ha­ce chillar de angustia entre sus garras, y luego declara que ya antes de venir pensaba que todo esto era una patraña, y que ahora está segu­ro; que no hay realmente música en estos vejestorios; que los sapos y las ranas de cualquiera de nuestros pantanos [americano] cantan mu­cho mejor, puesto que están jóvenes y vivos. La etiqueta de las cortes y campamentos militares, el ritual de la Iglesia, le parecen sencilla­mente ridículos y no hay por qué sorprenderse de ello, ya que igno­ra profundamente su origen y significado. Igualmente le sorprenden y repugnan las leyendas que son el tema de los cuadros, los profun­dos mitos que se representan en los antiguos mármoles; ya que, efec­tivamente, tales cosas necesitan ser juzgadas por un patrón distinto del de las "leyes azules" [intolerantes y puritanas] de Connecticut. Criti­ca con gran rigor los cuadros, muy seguro de que sus sentidos natu­rales son mejores instrumentos dejuicio que las reglas de los conoce­dores, sin percatarse de que, para ver tales objetos, se necesitan no sólo los ojos del cuerpo, sino los de la mente, y que el Arte se propo­ne algo más que la imitación de las formas más comunes de la Natu­raleza. Éste es el chiquillo todavía burdo e informe, el escolar atolon­drado que se va de pinta, sin suficientes aspiraciones todavía para ser buen estudiante. Sin embargo su locura tiene en el fondo sentido; añádase pensamiento y cultura a su independencia, y será un hom­bre lleno de fuerzas, y no una alimaña de la cual haya que desespe­rar, como el dandi de piel gruesa que antes describimos.

Los artistas constituyen una clase aparte. Sin embargo, aunque bus­can objetivos especiales por medios especiales, también pueden en­contrarse entre ellos los lincamientos de las dos clases arriba descri­tas, así como de la tercera, de la cual hablaré en seguida.

Ésta es la del americano pensante: un hombre que, reconociendo la inmensa ventaja de nacer en un nuevo mundo y un suelo virgen, no quiere sin embargo perder una sola semilla del pasado. Está ansio­so de cosechar y llevar a casa toda planta que tolere un nuevo clima y una nueva cultura. Algunas se marchitarán; otras alcanzarán un flore­cimiento y una alturajamás antes conocidos. Desea recolectarlas lim­pias, libres de insectos nocivos, y darles una justa oportunidad en su nuevo mundo. Y para poder saber las condiciones en que se darían mejor en ese nuevo mundo, no descuida estudiar su historia en éste.

 

[...]

Van mil ochocientos años de cultura cristiana en estos reinos euro­peos, de un gran tema jamás perdido de vista, de una poderosa idea, una historia adorable a la cual se aferran invariablemente los corazo­nes, y sin embargo, ¡los resultados genuinos son tan raros como gra­nos de oro en el lecho arenoso de los ríos! ¿En dónde está la auténtica democracia para la cual sean sagrados los derechos de todos los hom­bres? ¿En dónde la sabiduría inocente que aprende a lo largo de la vida cada vez más respecto de la voluntad divina? ¿En dónde el repu­dio de la falsedad con su miríada de disfraces -de retórica abstracta y pretenciosa, de vanidad, de codicia- que con tanta claridad se lee en toda la historia de Jesús de Nazaret? La Europa moderna es la secue­la de esa historia, ¡y véase a esta hueca Inglaterra con su monstruosa riqueza y cruel pobreza, su vida convencional y metas bajas, utilitarias! ¡Véase a esta pobre Francia, tan llena de talento, tan diestra y hábil, y sin embargo tan superficial y de relumbre todavía, que no pudo esca­par a su falsa posición ni siguiera gracias a su bautismo de sangre! ¡Véase a la perdida Polonia, y a esta Italia, atada por manos traicione­ras a pesar de toda la fuerza de su genio! ¡Véase a Rusia con su brutal zar y sus innumerables esclavos! ¡Véase a Austria y a su realeza que no representa nada, y a su pueblo que en cuanto pueblo no tiene nada! Si consideramos la cantidad de verdades que en realidad se han di­cho en el mundo, y el amor que ha latido en los corazones privados -la manera en que el genio ha decorado cada primavera con flores tan espléndidas, portadoras cada una de instrucción suficiente duran­te su vida de armoniosa energía, y lo constante, inextinguiblemente que ha luchado la chispa de la fe por estallar en llamas e iluminar el universo- el fracaso público parece sorprendente, monstruoso.

Y tú, mi patria, ¿no serás más fiel a la verdad?, ¿no te espera un ma­yor éxito? ¡Todas las cosas han conspirado de tal forma a enseñar, a ayudarte! ¡Un mundo nuevo, oportunidades nuevas, océanos que protegieran el nuevo pensamiento de la interferencia del viejo teso­ro de todo tipo, oro, plata, maíz, mármol, suficientes para satisfacer todas las necesidades físicas! Un alma noble, constante, semejante a las estrellas, la de un italiano, abrió el camino a tus costas, y en aque­llos primeros días los fuertes, los puros, los que eran demasiado va­lientes y sinceros para la vida del viejo mundo, se apresuraron a po­blarlas. Luego una lucha generosa eliminó todo lo extraño y dio a la nación un primer impulso glorioso en su camino hacia una meta va­liosa. Fueron hombres los que mecieron la cuna de tus esperanzas, hombres grandes, firmes, desinteresados que vieron, que escribieron como base y fundamento de todo lo que había de hacerse una decla­ración de derechos, de los derechos inherentes de los hombres, que, si fueran plenamente interpretados y tomados como guía de la acción, no dejarían nada que desear.

Y sin embargo, ¡Oh Águila, que en tu primer vuelo mostraste tan clara visión del sol, con cuánta frecuencia te acercas al suelo y revelas en ti al buitre en estos últimos tiempos! Se suponía que serías la van­guardia de la humanidad, el heraldo de todo progreso... ¡con cuán­ta frecuencia has traicionado esta alta misión! ¡Cómo desearía la len­gua, en acentos claros y triunfantes, proponer ejemplos tomados de tu historia, con los cuales alentar los corazones de quienes casi des­mayan y perecen bajo las antiguas opresiones! Pero tenemos que tar­tamudear y ruborizarnos cuando hablamos de muchas cosas. Me enor­gullezco de poder decir con verdad que la libertad de prensa funciona bien [en mi patria] y que espontáneamente se van descubriendo con­troles y contrapesos que bastan para que funcione adecuadamente su gobierno. Puedo decir que la mente de nuestro pueblo está alerta, y que el talento tiene libre oportunidad de ascender. Esto es mucho. ¿Pero me atrevo acaso a añadir que la ambición política es menos co­rrupta y tenebrosa que en otros países? ¿Me atrevo a decir que los hombres que más influyen en la vida política son los de mayor virtud, o siquiera de mayor capacidad intelectual? ¿Acaso es fácil encontrar en la vida pública hombres de los cuales pueda hablarse con entusias­mo? ¿No tengo que confesar que hay un ilimitado afán de lucro en mi país? ¿Admitir que hay un amor propio de lo más débil, que se enca­brita ante cualquier comentario adverso aparecido en la prensa ex-

Lranjera, por estúpido que sea, y que quienes se encargan de respon­der tan poco dignamente a estos ataques buscan y encuentran así la popularidad? ¿Puedo dejar de conceder que no hay todavía ningún antídoto que se haya adoptado cordialmente para defender a nuestro país, tan grande y tan rico, de los males que ha originado el sistema comercial en el Viejo Mundo? ¿Puedo acaso decir que nuestras leyes sociales son, en general, mejores, o demuestran una comprensión más noble de las necesidades de hombres y mujeres? Sí digo, sinceramen­te, lo que pienso, a saber: que la asociación voluntaria para mejorar estos aspectos será el gran medio por el cual crecerá mi país, y que producirá una armonía más noble para las edades venideras. Pero sólo de una pequeña minoría puedo decir que toma en serio estas cosas; que medita en lo que se requiere para su patria, para la humani­dad -porque nuestra causa es, en efecto, la causa de toda la huma­nidad actualmente. Si lográramos, realmente, combinar un profun­do amor religioso con el desarrollo práctico, las obras del genio con la felicidad de la multitud, podríamos creer que el hombre había al­canzado ya un sitio dominante, una atalaya en su ascenso, y que no tropezaría ni desmayaría más. Y luego tenemos ese horrible cáncer de la esclavitud, y la malhadada guerra que ha ocasionado. ¿Cómo me atrevo a hablar de todo esto aquí? Oigo repetir los mismos argumen­tos contra la emancipación de Italia que, allá, contra la emancipación de nuestros negros; se aducen las mismas razones en favor del despo­jo de Polonia que para la conquista de México. Descubro que la cau­sa de la tiranía y el mal es la misma en todas partes... ¡y he aquí que mi propio país es el peor y más oscuro delincuente, por ser el que me­nos disculpa tiene! Ha abandonado la alta misión que se le había en­comendado; no es un campeón de los derechos del hombre sino un ladrón y un carcelero; el látigo se oculta tras su bandera; tiene los ojos fijos, no en las estrellas, sino en las posesiones de los demás hombres.

¡Cómo me complace recordar aquí a los abolicionistas! Allá no soportaba su compañía; eran tan aburridos, con frecuencia tan estre­chos de miras, siempre tan exaltados y exagerados en su tono. Pero, después de todo, tenían motivos elevados; había algo de eterno en sus aspiraciones y en su vida; y si no era lo único en lo que valiera la pena pensar, era en verdad algo por lo cual valía la pena vivir y mo­rir, esta lucha por liberar a una gran nación de tan terrible mancha, tan ominosa plaga. ¡Que Dios los fortalezca, y los ilumine para que logren su objetivo!

También me alegra recordar algunas almas ardientes entre los jó­venes americanos; confío en que todavía se ensancharán y ayudarán a dar un alma a ese cuerpo gigantesco, sobrealimentado, crecido con demasiada rapidez. ¡Ojalá sean constantes! Se ha dicho: "Si el hom­bre fuera tan sólo constante, sería perfecto"; y es cierto que quien puede ser siempre fiel a esos momentos en los que ha sido en verdad humano, no brutal, no mecánico, está sobre el camino de la perfec­ción, y rendirá sin duda servicios efectivos al universo.

Es a los jóvenes que habla la esperanza; a quienes todavía arden en aspiraciones, que no se han endurecido en sus pecados. Pero no me atrevo a esperar demasiado de ellos. No soy muy vieja, y sin embargo, de aquellos que, en la mañana de la vida, vi tocados por la luz de una alta esperanza, muchos han claudicado. Algunos se han convertido en voluptuarios; otros en meros padres de familia, que piensan que es vida suficiente ganar el pan para media docena de personas, y tra­tarlas con decencia; otros se perdieron por indolencias y vacilaciones. Y sin embargo hay quienes han permanecido constantes...

 

También entre los jóvenes de Inglaterra, de Francia, de Italia, he encontrado a muchos llenos de altos deseos; pero ¿tendrán el valor y la pureza para luchar hasta el fin en el bando sagrado e inmortal? De algunos lo creo, y espero las pruebas. Si unos cuantos triunfan entre tantas pruebas, no habremos vivido y amado en vano.